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‘Conozco el poema. Es como un puñal que te atraviesa cuando ves cómo te has prostituido’.  

5 de la mañana. A tientas enciendo la luz de mi mesita, que esta noche no molesta a nadie. Incluso Brow, que normalmente ocupa el lado de Nacho cuando éste no está, ha decidido esta vez dormir bajo la cama. Abro el cajón de arriba  y de algún modo me las apaño para sacar el penúltimo paracetamol que queda en el blíster y abrir la botella de agua para tomármelo.

avatar piernas tattoo 4Me miro las manos. Los dedos hinchados y torpes, como cuando inflas un guante de goma y no dejas escapar el aire para ver cómo se mueven. Sólo a uno de ellos le ha sentado bien el cambio. La inflamación debe haber hecho que la piel se estire. Incluso los cardenales que aún persisten parecen más pequeños esta noche.

Y ahí está. Mi nueva cicatriz. Perfectamente legibles, desde el comienzo de la muñeca, alineadas con mi dedo pulgar y ligeramente inclinadas hacia la derecha, tres palabras: no te salves.

En unas horas la inflamación habrá bajado y el dolor habrá remitido un poco. O eso espero. En unas horas más estaré yendo sola al Virgen del Rocío.

Y aún me quedarán dos noches más como ésta.

Y tan cierto  como que no todos elegimos salvarnos, lo es que no siempre podemos escoger nuestras cicatrices.

Y ahora que los lazos ya no unen nunca a nadie
Ahora que no confiaré ya nunca más en nadie
Me necesitas sólo por los ojos
A mí ya no me llames

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Hacerme un tatuaje nunca estuvo en mis planes. Eso de marcarme la piel como una vaca era algo que no acababa de ver claro. Ni necesario.

Sin embargo, el día que acompañé a Maribel a que le colocaran el piercing, me puse a mirar los tablones de dibujos y fotos (algunas ciertamente horteras para mi gusto, como la cara de Cristo, o la del Camarón), por matar el rato.

Desde luego había dónde elegir, desde mariposas, hasta lobos, pasando por duendes, hadas, lunas, serpientes, insectos, o corazones. Y por supuesto, tribales…

A mí los tribales, mientras estés delgada y tengas una cintura relativamente pequeña y un culo en forma de corazón invertido, me parece que quedan bastante chulos. Pero, claro, las cinturas (normales) tienden a ensanchar, y los culos (normales) tienden a caerse. Por no mencionar que, aparte de lo meramente estético, un tribal no parecía tener mucho significado.

Pensé que si yo me hiciera un tatuaje, me lo pondría en un sitio que no cambiara demasiado con el tiempo, la parte alta de la espalda, por ejemplo. Y desde luego, tendría que ser algo que tuviera más sentido que hacer de frontera entre la cintura y el culo.

Y fue así, mientras miraba un panel tras otro, cuando di con este ideograma. Yong, ‘valiente, coraje, valor’.

Y de repente supe que iba a tatuarme el cuerpo.

Sé que suena algo absurdo creer que un dibujo que apenas ocupa 3×3 cm. pueda cambiar algo. Sin embargo, en aquella época no estaba pasando por mi mejor momento, ni física, ni emocionalmente; necesitaba algo que me recordara que yo podía con todo, con las visitas a urgencias, con los cardenales en las venas, con los dolores, con la alopecia… Y aquel pequeño símbolo representaba justo eso.

Así que, desoyendo la opinión de uno de mis médicos (que me lo desaconsejó no porque tuviera yo Lupus, sino porque pensaba que los tatuajes, en general, no eran buenos), volví a la tienda de tatuajes y salí de allí con el Yong tatuado en el omóplato izquierdo.

De aquel 28 de Abril hace ya más de dos años y jamás me he arrepentido de habérmelo hecho.

Y aunque parezca fundido con la piel, al tacto tiene algo de relieve. Y aunque no esté a la vista la mayor parte del tiempo, yo sé que está ahí.

Supongo que, en el fondo, todos necesitamos algo en lo que creer.