Cuando empiezas a vivir a los treinta y pico, como me pasó a mí hará unos doce años, casi todo lo que llega lo hace a destiempo. No tarde, porque tarde llegas a los trenes que no coges y yo los estoy cogiendo todos. A destiempo sí. Porque a mis 44 años siento que no me da la vida para todo lo que tengo aún pendiente.

Martes 17 de mayo (wasap)

Hermana, Fulanito va a abrir un nuevo restaurante vegetariano/vegano y está buscando alguien para la cocina. Yo le he dicho que tú te has hecho vegana y que cocinas de puta madre. Me ha dicho que te pases a verlo. Llámalo y queda con él. Su teléfono: 555…

Y aunque siempre me he negado en redondo a aprovechar cualquier oportunidad que viniera en forma de recomendación, esta vez no me lo pensé dos veces y marqué. Y dos días después me planté allí con mi camiseta favorita (la negra, ancha, que reza: “Fisher & Sons. Funeral Home”), mis vaqueros rotos y más nervios que vergüenza, a pedir trabajo. Que total, el no ya lo tenía. Y probablemente por apellidarme como me apellido, porque por mi experiencia en restauración ya te digo yo que no fue y por mi escote definitivamente tampoco, decidieron darme una oportunidad de ésas que no cuenta una con tener, menos a estas alturas de la película.

Viernes 20 de mayo (wasap)

Buenos días G., como verás cuando las cosas vienen para uno hay que dejarse llevar. La mamá de una de mis cocineras está muy mal y a punto de terminar, y no puede venir a trabajar. Puedes venir desde hoy o mañana??

Y eso hice. Dejarme llevar.

Y ese mismo viernes aterricé en aquella diminuta cocina formada por una especie de pasillo estrecho, donde están los congeladores, el frigo de la verdura, la Thermomix y la tabla donde preparamos las ensaladas y, a continuación, una zona cuadrada donde están los fregaderos, el lavavajillas, otra zona de refrigerados donde se etiquetan y se guardan los platos preparados, con una encimera arriba donde cocinar y, para terminar, el frontal del infierno: los fuegos, las freidoras y el horno. Hay también una ventana chica pero pa’mí que está de atrezzo porque no corre una puta gota de aire. Que hace más calor allí dentro que follando ya os lo podréis imaginar… Si además coincidimos lxs 3 cocinerxs y lxs dos camarerxs, el camarote de los hermanos Marx es una suite con terraza comparado con aquello. En cuanto a lxs cocinerxs, por ahora conozco a dos de lxs tres que forman la plantilla: M., un italiano treinteañero, con perilla de chivo y menos chicha que un yonki de los 80, que canturrea mientras cocina y maldice en su idioma natal, especialmente cuando lxs clientxs piden hamburguesa, y D., una uruguaya algo mayor que yo, experta en repostería y en mantener la cocina como los chorros del oro.

Y así ha sido como, en apenas 4 días y sin creérmelo aún del todo, me he visto con un delantal negro y un gorro naranja (ambos prestados), cortando verdura, emplatando humus de 3 sabores, pelando patatas como si estuviera en la mili, rompiendo accidentalmente la tapa de la Thermomix (fue prácticamente lo primero que hice na más llegar, que esto es como rayar tu coche nuevo, cuanto antes te lo quites de encima, mejor), echando las croquetas en la freidora que no era y rebanándome la yema del dedo gordo de la mano derecha con una mandolina más traicionera que la parte adhesiva de un salvaslip.

Que es cierto que cocinar, lo que se dice cocinar, no estoy cocinando. Aunque tampoco es que me importe… ya habrá tiempo de demostrarlo si al final resulta que se me da bien (y yo creo que sí). De momento me conformo con hacer de pinche y tomar nota mental de todo lo que puedo. Como que las croquetas quedan preciosas y doradas si las empanas con maíz molido en vez de con pan rallado. O que la tofunesa (mayonesa vegana hecha con tofu ahumado) es tan fácil de hacer como la veganesa y va mejor para decorar platos. O que las setas con salsa de vino están aún mejor que salteadas y ya. O que si cueces patatas y después las cortas en trozos irregulares, las fríes, les echas sal y te las comes, llegas al orgasmo sin tocarte ni na. O que mientras me toque trabajar con la radio puesta de fondo, va a ser inevitable acordarme de A. cada vez que M. tararee una coplilla de Fito.

Y que sí, que llego a mi casa pa’que me recojan con cucharilla, sin ganas de entrar en la cocina (en la mía) ni pa’hacerme la cena… Pero sólo con lo que estoy aprendiendo ya me salen las cuentas de todas las horas que estoy echando sin que me paguen una mierda con el rollo de que estoy a prueba. Y por más que a mi madre le haya faltado tiempo para recordarme que yo no puedo trabajar en algo tan duro, y que a ver si me va a dar un brote, y que qué necesidad tengo yo de trabajar (¡y a mi edad!) si con lo que gana Nacho vivo mejor que quiero, lo cierto es que yo estoy más feliz que un cerdo en una charca :). Y más que voy a estar si paso el periodo de prueba y me hacen un contrato.

Para celebrarlo, y aunque esto sigue sin ser un blog de cocina, voy a dejar por aquí la receta de una crema súper sencillita que hice el otro día con restos de cosas que tenía por casa y que resultó estar dulce (como por otro lado cabía esperar) pero muy rica. Se puede servir caliente o templada (a mí me gusta más templada).

Crema dulce de calabaza

Ingredientes (para, aproximadamente, 4 raciones de entrante)

  • 1 puerro grandecito.
  • 2 zanahorias grandecitas también.
  • calabaza (yo usé una rodaja de calabaza japonesa que pesaría como 500 gr. con la piel, calculo)
  • un chorrito de algún aceite suave (yo usé de girasol sin refinar)
  • 1 lata de leche de coco.
  • 1/2 cucharadita de concentrado de vainilla con bourbon (yo lo compré en la sección de repostería).
  • pizca de sal.
  • semillas o germinado de semillas para decorar (yo usé semillas de amapola)

Preparación

Puedes preparar las verduras al horno o al micro.

cremaSi vas a hacerlas al horno, ponlo a precalentar a unos 180º. Mientras se va calentando, prepara las verduras: quita la parte verde del puerro y lava y corta en dos, a lo largo, la parte blanca, pela y corta en rodajas las zanahorias y por último pela y corta en trocitos la calabaza. Ahora corta un trozo de papel de aluminio suficiente para hacer las verduras en papillote, colócalas sobre la mitad del papel de aluminio, rocíalas con un chorrito de aceite y una pizca de sal, cierra el papel sin aplastarlo sobre las verduras, y al horno hasta que éstas estén blandas (el tiempo que tengas que dejarlas dependerá de cómo la hayas cortado, entre otras cosas; puedes echarles un vistazo cuando lleven media hora o 3/4 y moverlas un poco si no están). Si tienes la vaporera de Leuke (o de otra marca), prepara las verduras igual y ponlas en la vaporera con el mismo chorrito de aceite y sal, y al microndas a potencia máxima hasta que la verdura esté blandita (lo mismo, ponla y ve mirando).

Cuando la verdura esté blandita, pásala al vaso de la batidora o a la Thermomix (pero cuidado con la tapa, que me han contado que se rompe con mirarla) y tritúrala. Ve añadiendo la leche de coco y sigue batiendo. Cuando quede tipo crema (puedes pasarla por un chino o no; yo la pasé) le añades la vainilla, mueves bien para que se reparta y listo.

Sirve con unas semillas por encima, que además de darle un toque crujiente, visten mucho 🙂

 

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‘Los recuerdos son como perros abandonados, vagabundos, nos rodean, nos miran, jadean, aúllan alzando la vista a la luna; querrías ahuyentarlos, pero no se marchan, te lamen ávidamente la mano, y cuando les das la espalda, te muerden… ‘ (Yo, otro. Crónica del cambio; Imre Kertész)

Hará unos dos años, media Andalucía estaba inundada.

Aún guardo la imagen de un puñado de árboles alzando sus ramas desnudas en medio de aquel mar muerto. Y lo más desolador era que no parecía que lo hicieran como quien pide ayuda, sino como quien, cansado de luchar, espera simplemente a que el agua se lo trague.

A diferencia de aquellos árboles, el tren en el que viajaba era obstinado; probablemente el más obstinado que yo haya cogido… durante al menos una hora se empeñó en abrirse paso entre las vías encharcadas. Y durante no menos de una hora lo consiguió.

Hará unos dos años, media Andalucía estaba inundada.

Y yo, con mi paraguas transparente, aterrizaba en Granada siguiendo un hilo rojo.

(…)

Y aunque a lo largo de mi vida me he subido a muchos trenes,  no recuerdo dos iguales. Incluso la misma estación acaba siendo diferente: una te recibe, otra te deja marchar…

Pero este jueves no hubo trenes. Ni estaciones. Ni paraguas. Ni hilos.

Ni la luna estaba envuelta en bruma. Ni mis botas hicieron ruido sobre el empedrado.

Esta vez sólo hubo palabras hermosas y ojos oscuros. Y abrazos de agua y medios besos con sabor a limón. Y música. Y muchos kilómetros envolviéndolo todo.

Y aún así…

(…)

Supongo que será cuestión de tiempo que logre recuperar Granada, cuestión de tiempo que pueda recorrer sus callejuelas sin temor a que los recuerdos me muerdan en cuanto les dé la espalda.

Hasta entonces, tal vez lo más sensato siga siendo mantenerme alejada de los andenes.

Evanthia Reboutsika / ‘Up to the attic’ (B.S.O. ‘A touch of spice’).

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‘¡Dios mío! ¡Qué cosas más raras están pasando hoy! Y pensar que ayer todo sucedía como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado de alguna manera durante la noche. Veamos ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién soy yo? ¡Ah, eso sí que es un misterio!’ (‘Alicia en el país de las maravillas’ / Lewis Carroll).

Cuando era pequeña, el cuento de Alicia (versión Disney, que fue como lo conocí) ocupaba el primer puesto entre mis no-favoritos. No había príncipes, ni princesas, sólo una reina gorda y mandona, que además estaba loca, y una niña redicha que hablaba con desconocidos, se llevaba a la boca cualquier cosa que se encontrara y se empeñaba en perseguir a un conejo blanco que pasaba de ella como de la mierda.

No fue hasta el verano del 90 cuando redescubrí la historia. Esta vez la original. Para entonces mis referentes habían cambiado bastante y agradecí que no hubiera príncipes ni princesas. Y aunque la reina seguía pareciéndome igual de mandona, ya no tenía tan claro que las cosas que dijese no tuviesen ningún sentido. Y aunque la prota seguía pareciéndome igual de redicha, ya no me parecía tan incomprensible que quisiera probar todo lo que tuviera a su alcance, ni que pusiera tanto empeño en alcanzar a aquel conejo que no le hacía ni puñetero caso…

A partir de entonces Alicia pasó a convertirse en uno de mis libros favoritos, de ésos que me acompañan en andenes y puertas de embarque, y que a pesar de haberlo leído tantas veces siempre me acaba enganchando.

Y es que, por raro que pueda parecer, cuando viajo no me gusta llevar libros nuevos. Los libros nuevos necesitan (y merecen) atención. Prefiero llevar algo que me resulte familiar, que no exija demasiada concentración y pueda leer a trozos sin que pierda sentido.

(…)

Para este viaje, que en principio iba a ser a Bucarest, guardé Alicia en mi mochila, más por la costumbre de echar un libro que porque pensara que fuera a sobrarme tiempo para leer.

Supongo que a Alicia no le habría parecido extraño que una nube de cenizas, proveniente de algún volcán islandés de nombre impronunciable, impidiera que los aviones despegaran esa noche, ni que nosotras acabáramos repartidas en dos coches rumbo al norte (de España).

Anoche, después de 4 días de castillos, senderos, fotos, tulipanes, pinchos, nubes y claros, y muchos kilómetros de carretera, conseguí cambiar el billete de vuelta a casa.

Campos verdes, zonas inundadas, cielos oscuros con arcoiris al fondo y Alicia.

Esta mañana me he despertado con el sonido de la lluvia en el patio interior y con esta sensación de que todo era diferente a como era hasta ayer.

Quizá haya cambiado demasiados billetes y demasiados planes últimamente.

O puede que sea yo quien haya cambiado durante la noche.

Lo que más me gusta de los trenes es saber que por cada uno que se va, otro llega. Sólo hay que aprender a esperar. Y aunque soy consciente de que esperar no se me da bien, estoy segura de haber aprendido cosas más difíciles este año.

La última vez que esperé un tren, lo hice durante dos horas y media. Había perdido el anterior por unos minutos, lo que me dejaba dos opciones: dar media vuelta, o sentarme en la estación hasta que llegara el siguiente…

Por suerte, puedo elegir.  Tengo tiempo de sobra y la vuelta abierta.

Mientras decido qué hacer, suena Yellow en mi móvil. Sí, ya me he despertado. De hecho, estoy en la estación… pues sí, cambio de planes… Al otro lado de la línea, Nacho lo siente por mí, pero por otro lado se alegra de que vuelva a casa antes de lo previsto, aunque no podrá venir a buscarme.

Miro la hora y llamo al Escocés. No, no estaba haciendo nada importante. Le cuento que he adelantado la vuelta. Me pregunta a qué hora llego y me asegura que estará en la estación, esperándome. Claro que estará. Él siempre está. En la estación o donde haga falta.

Voy a la taquilla y saco mi billete. Luego elijo un sitio desde el que poder observar a la gente a través de mis gafas de sol. Mis gafas de sol, además de enormes, son mágicas. Me las pongo e instantáneamente me siento invisible.

Desde mi nuevo estado de ver-sin-ser-vista, miro descaradamente a la chica de las rastas; un precioso perro blanco asoma la cabeza desde el enorme bolso de cuadros colgado de su hombro. La mujer mayor que está sentada a mi derecha también la ha visto, y hace un comentario despectivo sobre ella en voz relativamente baja. A la chica que está con ella, de unos 20 años, no le gusta su comentario y la recrimina por ello. La mujer protesta sin demasiada convicción, pero ya no las sigo. Hace un rato que desconecté el audio. Mi mirada se ha posado en una pareja de guiris que consulta su mapa con el ceño fruncido. Me acuerdo de Federico Luppi y Pepe Sacristán, borrachos como cubas gritando: ‘No, país, país!!!’ y sonrío para mí misma.

Mi móvil suena de nuevo. ‘Te quiero mucho, mami’. Contesto al mensaje y decido que es hora de estirar las piernas. Los asientos de las estaciones son como los de los hospitales, no puedes pasar más de diez minutos sin cambiar de postura. Supongo que lo hacen para recordarte que sólo estás allí de paso.

Entro en la cafetería-kiosko de prensa y me siento en la barra. No, no tienen Red Bulls. Sorpresa, sorpresa. Pues un café, solo, con 4 sobres de azúcar. Me doy cuenta de que aún me queda hora y media en la estación… No, tampoco les quedan libritos de sudokus. Pues El País mismo…

Salgo al andén y me pongo a hacer el sudoku que viene en las últimas páginas. Nivel fácil. Perfecto, así seguro que me siento más lista todavía. A un metro de mis botas hay un trozo de pan. Un gorrión llega volando desde el otro lado de la vía y se posa a dos palmos de él. Se acerca dando saltitos cortos, pero no acaba de atreverse a cogerlo. Alguien se acerca y el gorrión vuelve al otro lado de la vía. Un minuto más tarde una limpiadora pasa y barre el pan. Cuando el gorrión vuelve ya no hay nada. Too late.  Mala suerte, amigo…

Hora y media después, mi tren entra por la vía 3 con apenas 5 minutos de retraso. Miro mi móvil y veo que está casi sin batería. Queda la justa para escuchar a mi hija decirme que me quiere un par de veces o tres, pero no la suficiente para oír música. Por suerte, me ha tocado ventana. Y en sentido contrario al de la marcha, lo que es como desandar el viaje de ida. No está mal, me gusta poner a prueba mi memoria.

Ahí está la casa de piedra a pocos metros de las vías donde aquella mujer barría el porche; La vieja fábrica abandonada; El andén en el que dos niñas pequeñas y morenas se abalanzaron sobre una mujer rubia que se agachó para poder besarlas; Los graffittis en los muros de aquella estación en la que el tren no paró; Margaritas, amapolas y jaramago, campos blancos, rojos y amarillos; La biblioteca a espaldas de la penúltima estación…

Fin de trayecto. Cojo mis cosas y bajo del tren. En el andén distingo a Paula y a Chema. Reparto besos, abrazos, maletas (al padre) y mano (a mi hija). Al pasar por las tiendas de la estación le digo al Escocés que me espere y entro en Natura. No encuentro lo que busco, pero a cambio encuentro algo que necesito.

Sólo al llegar a casa me fijo en la bolsa que me han dado. Es de papel y tiene algo escrito por los dos lados:

Un viejo indio estaba hablando con su nieto y le decía:

‘Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón. Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión’.

El nieto le preguntó:

‘Abuelo, dime, cúal de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?’

El abuelo contestó:

‘Aquél que yo alimente’.

Joder con Natura. Y yo que pensaba que era yo la intensa… 😀

(…)

En un par de semanas cogeré otro tren, sólo que esta vez llevo la vuelta cerrada.

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Escrito por: Bloody el 14 Sep 2009 –

Domingo, 13 de Septiembre.

Se acabó la cuenta atrás. En mi portátil brilla el sol, aunque aquí haya amanecido nublado. Nacho y nuestra niña están el parque con los patines. Yo no puedo acompañarlos, así que aquí sigo, frente al ordenador, posponiendo la decisión de si coger o no el tren de las cuatro menos diez.

Debería no dejar que me afectaran tanto las palabras que no dices. Debería aprender a contar hasta 11 antes de hablar (visto que hasta 10 no es suficiente). Debería tantas cosas…

And I can´t believe that time’s gonna heal this wound that I’m speaking of…

(…)

Hora de comer. Si voy a ir deberia espabilar. Nacho, que se ha mantenido al margen hasta ahora, se sienta a mi lado y me da su opinión. Conociéndolo imagino lo que le habrá costado dármela. En el fondo estoy deseando hacerle caso, así que le pregunto si puede ir a sacarme un billete de ida.

And everybody knows that it’s now or never. Everybody knows that it’s me or you

(…)

Coche 1, asiento 43. 3 horas y 6 paradas hasta llegar a Granada. Y pensar que he estado a punto de meterme en un tren que iba a Mérida… habría tenido gracia. En el vagón hay cuatro personas más: una pareja que se ha quedado dormida nada más sentarse, una mujer zurda, maquillada a pistola, que no deja de escribir en un cuaderno rosa de hojas rosas, y un hombre que queda fuera de mi vista.

Everybody knows that you love me baby. Everybody knows that you really do.

Mecánicamente hago el gesto de echarme el pelo hacia un lado, pero no lo encuentro. Entonces recuerdo que me lo dejé ayer en el suelo de la peluquería… Desde el cristal de mi ventanilla, alguien de pelo corto y ojos tristes me hace sentirme una estúpida por haber subido a ese tren.

Everybody knows that I‘ve been faithful, ah give or take a night or two…

A través de mi reflejo veo los olivares partidos en dos por las vías del tren, las casas, las vacas, los pequeños huertos… y me doy cuenta de que nunca, en toda mi vida, he visto un espantapájaros…

Everybody knows I‘ve been discreet, but there were so many people I just had to meet without my clothes.

El cielo está cada vez más oscuro. Ha pasado hora y media cuando de mi bolso se escapa la música de Doctor en Alaska. No quiero cogerlo. Eres la última persona con la que me apetece hablar. Si lo cojo, sé cómo acabará la conversación. Aún así lo hago. Por suerte, un túnel pone punto y final cuando no queda nada más que decir. Algo me dice que mi bolso no volverá a sonar.

And everybody knows…

Empieza a llover y tengo frío. Y ganas de llorar. No debería haber venido.

(…)

Última parada, Granada. Me bajo del tren y os veo allí, esperándome, sonriéndome. La abrazo. A ti no, no me sale. Ni siquiera puedo mirarte a los ojos. Y lo siento por ella, sé lo incómodo que es estar entre tú y yo cuando me pongo en este plan, pero no puedo evitarlo. Un par de horas más y nadie tendrá que darme conversación.

I see you standing on the other side, I don’t know how the river got so wide, and I loved you, baby, I loved you way back when.

(…)

Tendido 8 (lo sé, podría haber sido peor). Hace dos horas que llegué y no he cruzado contigo más que monosílabos. Ojalá no hubiera venido. Salen los músicos. Y ahí está Él. Lo imaginaba más alto, más grande… hasta que empieza a cantar. Aún no me creo que esté aquí.

And all the bridges are burning that we might have crossed, but I feel so close to everything that we lost…

(…)

La segunda canción me pilla con la guardia por los suelos. Rompo a llorar y sale de golpe todo lo que llevo acumulado en los últimos cinco días. Y una vez que empieza no tengo claro que lo vaya a poder parar. Si al menos tuviera aún mi pelo largo para taparme la cara con él… Entonces tú me pasas el brazo por el hombro y me agarras la mano. Dudo durante un segundo entero. Luego apoyo la cabeza en tu hombro y continúo llorando, sólo que ahora me da igual llevar el pelo corto o largo…

You know my love goes with you as your love stays with me, it’s just the way it changes, like the shoreline and the sea …

(…)

Han sido 3 horas de concierto. Me duelen las manos de tanto aplaudir. Mientras nos despedimos, me disculpo con ella, al oído, por haber estado así. Sé que va a decirme que no importa, pero sí que importa. Mando un sms a casa para avisar de que salimos ya. Por delante, casi 3 horas de camino…

It don’t matter how it all went wrong. That don’t change the way I feel…

(…)

Y la casualidad quiere que paremos exactamente en el mismo sitio donde paramos cuando regresábamos del concierto anterior. Y tú propones que instauremos una nueva tradición. Y aunque sigue sin llover, los rayos iluminan el cielo a lo lejos. Y yo no tengo ganas de hablar del pre-concierto, así que hablamos de otras cosas. Y me doy cuenta de que tú tenías razón cuando dijiste que a veces puedo ser muy injusta…

Like a beast with his horn I have torn everyone who reached out for me.

(…)

Y aún así, tú sigues cogiéndome la mano. Y yo sigo intentando aprender a quererte como debería. Sin esperar nada a cambio…

But I swear by this song and by all that I have done wrong I will make it all up to thee.

(…)