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El otro día por la calle olía a Japón (Paula)

japónbudaLa habitación de Tokyo es diminuta pero funcional. Un baño donde todo encaja como en un tetris y una cama doble bajo un ventanal desde el que todos los amaneceres son grises y fríos. Aun así lo primero que hago nada más despertarme es levantar el estore, pegar la nariz al cristal y comprobar que es real, que estoy aquí. A mi derecha Paula frunce el ceño sin abrir los ojos a la vez que se encoge bajo las sábanas.  A despertarse, le digo. Pero dejo que se acurruque un ratito más, porque aunque fuera de estas paredes nos espere nada menos que Japón, hay pocas cosas tan bonitas en el mundo como verla dormir.

En Japón los trenes salen y llegan a su hora, y todo el mundo hace cola en los andenes y deja salir antes de entrar, sin empujones ni malas caras. Casi nadie sabe inglés pero todo el mundo es amable y te echa una mano si ven que andas perdido. Lo sé porque otra cosa no, pero perdernos… No hay papeles en el suelo, ni cáscaras de pipas, ni colillas de cigarrillos, ni cacas de perro, ni nada, a pesar de que, desde los atentados con gas sarín en el metro de Tokyo, las papeleras brillan por su ausencia. Tampoco te cruzas con nadie pidiendo una moneda en una esquina, ni con animales vagando por las calles.

japónbosquesEn Nagano dormimos en un ryokan, una posada tradicional japonesa con futones en el suelo y puertas corredizas de madera y papel de arroz, sin wifi ni baño en la habitación. En unas horas tenemos la cena del grupo con el que viajamos pero a mí, que estoy de un humor de perros desde que llegamos,  lo único que me apetece es quedarme aquí tirada y no hablar con nadie. Entonces Paula, que me ha hecho girarme mientras se cambia, me dice “ya puedes mirar“. Y me doy la vuelta y la veo ahí de pie, con ese pelazo negro que le llega por la cintura, envuelta en el yukata que nos han prestado, sonriéndome. Y en ese preciso instante me doy cuenta de un montón de cosas a la vez. De que es nuestro primer viaje sin Nacho ni Chema y no tenemos ni una sola foto juntas. De que mientras que yo no he parado de protestar desde hace 4 días, ella no se ha quejado ni una sola vez, por nada. De que estamos en Japón y parece que me haya propuesto no disfrutar de ello. Así que cambio el chip. Voy contigo, le digo. Y me enfundo en mi yukata, que no me queda ni la mitad de bien que a ella, aunque qué más da…

16948422417_15f0b03318_mEn Japón los baños públicos están siempre limpios, da igual que estés en un McDonald o en un restaurante de verdad. Estés donde estés, la gente habla bajito, como si anduviesen siempre contándose secretos, y si ven que vas a subir, te esperan con el ascensor abierto. Hay máquinas expendedoras cada 100 metros – refrescos, chocolatinas, sandwiches, tés de todos los sabores… – y todo el mundo viste como le da la gana, hasta el punto de que en un mismo vagón puedes coincidir con un señor enchaquetado, un grupo de amigas en kimono y un chico con pelo azul, aunque sólo a los guiris parece llamarnos la atención.

En Kyoto dormimos en una habitación preciosa: techos altos y abuhardillados, suelo de madera y una ventana que da a un patio privado. El desayuno no está incluido así que hacemos pereza y amanecemos cuando nos viene en gana, para desesperación de R., con el que compartimos casa y que ha planificado 500 excursiones para las que tendríamos que estar en marcha a las 8. Pero Kyoto pide a gritos otro ritmo, otros ojos. Invitamos a R. a que siga con sus planes sin contar con nosotras y, por fin solas, visitamos el castillo de Nijo, nos perdemos por los jardines de Nara y nos pateamos el centro buscando pendientes que no necesiten agujeros para ella y un par de camisetas de dinosaurios con bolsillos para mí. Y es así, a mitad de viaje, como me reconcilio conmigo misma y con Japón.

japóndeseosEn Japón los cables atraviesan las calles, porque el cableado aquí no va por dentro de las casas. A ratos da la sensación de que son los cables los que sujetan las fachadas y que cortando uno todas irán cayendo como fichas de dominó. También hay cuervos en vez de palomas y cerezos en flor en vez de naranjos. Y hay templos, templos impresionantes y otros más modestos, con jardines y budas y platillos de bronce donde dejar los donativos y ciervos que hacen una reverencia a cambio de una galleta y campanas y dragones y plegarias escritas en tablillas de madera o en papel, doblados sobre sí mismos y tendidos al sol.

De vuelta a Ikebukuro, sus calles abarrotadas y todos esos luminosos que laten en la oscuridad consiguen que echemos de menos Kyoto. Y en un par de días estaremos cogiendo aviones de nuevo. Y yo, que jamás fui con mi madre ni al cine, me doy cuenta de que lo que más me ha gustado de Japón venía conmigo de casa.

 

 

 

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Dejando a un lado que no me ha parecido una tierra especialmente acogedora -preciosa, sí, pero demasiado fría para alguien del sur como yo- los días que hemos pasado en Bilbao y alrededores han sido casi perfectos.

Un aviso de ‘no molestar’ colgado de la puerta, noches con más copas que cenas, peli muda en pantalla grande y maratón de Deadwood en la cama,  Vitoria a cambio de un pincho de queso de cabra y cebolla caramelizada en Puerto Viejo -con Candy sonando de fondo en el hilo musical, como alguien me hizo notar-, y el mar esperándonos a la vuelta de cada montaña…

De hecho, salvo por la alarma de incendios con que nos despertamos en la madrugada del miércoles al jueves – porque unos anormales habían tenido a bien prenderle fuego a los 4 contenedores que había junto al hotel-, me atrevería a decir que todo fue sobre ruedas. A ratos, literalmente.

Y tras 3 días de sol,  el  jueves amaneció nublado. Y Bizkaia le cedió el testigo a Gipuzkoa.

A Zarautz, con aquella marea baja y esos dibujos en la arena. A Getaria, con sus calles estrechas y aquel olor a sardinas asadas en cada rincón. A Donosti, nuestra última parada, con aquel tiovivo antiguo -al que no sé muy bien por qué no me subí- y ese viento furioso que te enmaraña el pelo y te roba el paraguas a poco que te descuides y todas aquellas farolas blancas que le daban un aspecto tan armonioso a la ciudad… excepto por aquella placita sembrada de Lampelunas.

Creo que no fue hasta verme sentada en el avión de vuelta, cuando me di cuenta de hasta qué punto necesitábamos esos 5 días y 4 noches que acabábamos de pasar los dos solos: sin niña, sin bichos, sin correo, sin apuntes, sin despertador…  y a la vez, cuánto había echado de menos a Paula, al Escocés, a Salvo y a Wilma.

Igual por eso, nada más aterrizar decidí aguantar un poco más: cambiarme de ropa en el coche, despedirme de Nacho -que estaba muerto y no se apuntó-, y tirar pa’Espartinas, acompañada del Escocés, de Paula y del tito Kike. La excusa oficial, cena por la patilla con jazz de fondo.

Y allí estaba, enseñándole a Kike las fotillos que habíamos traído de nuestro viaje mientras esperábamos a que nos dieran de comer, cuando P., la cantante del grupo del Escocés, se acercó a preguntarnos si por casualidad no conoceríamos la letra de ‘Autumn leaves‘ … más concretamente si no sabríamos qué palabra faltaba en ‘I miss you most of all, my darling, when autumn leaves (…) to fall’.

start– le dije.

Y mientras ella me daba las gracias y apuntaba la palabra perdida en su chuleta, a mi me asaltaron aquellas hojas secas cubiertas de escarcha que me paré a fotografiar camino de Gorbeia…

Y me puse a calcular, así por encima, las probabilidades que había de que P. necesitara ayuda con esa coplilla en concreto y con ese verso en particular, precisamente hoy, a un día de fin de año.

Y llegué a la conclusión de que debían ser las mismas que de encontrar Lampelunas en Donosti. 

Debe ser bonito creer en las casualidades…

(…)

‘Autumn leaves’ / Chet Baker & Paul Desmond.

(*) Si queréis saber de qué va esta coplilla y/o descargárosla, pinchad aquí.

(**) Si queréis ver algunas de las fotillos que me he traído de estos 5 días por Euskadi, pinchad aquí.

(***) Gracias por esta versión, Abu.

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Que Bruselas, salvo la Gran Plaza, no tenía nada de particular ya lo habíamos leído por ahí. Pero a pesar de que con las ciudades, normalmente, pasa como con las pelis – que cuando todo el mundo te habla bien de ellas acaban decepcionándote un poco, y cuando te avisan de que son una mierda, sales de allí pensando ‘pues no ha estado tan mal…’– con Bruselas no fue así.

Igual, si me interesaran lo más mínimo los edificios, la Gran Plaza, con sus fachadas recargadas y sus dorados, me habría impresionado, aunque fuera un poquito. No era el caso. Pero allí estábamos y había que hacer tiempo de alguna manera; y ya que la opción A no estaba disponible, decidí sentarme en el bordillo de la acera, paquete de chocolatinas en mano, y hacer lo segundo que más me gusta: observar a la gente…

Supongo que lo mejor de viajar con pareja (incluso si fuera una a tiempo parcial), es que la ciudad en sí pasa a ocupar un discreto segundo plano, por lo que si al final llueve o resulta que no hay nada que ver fuera del hotel (y toca quedarse), no suelen escucharse demasiadas quejas… Sin embargo éste no era uno de esos viajes. En éste, por si llovía -Paco no lo quisiera- traíamos un parchís y una oca.

Afortunadamente no hizo falta sacarlos. Durante los dos días que pasamos en Brujas, todo lo que podía salir bien, salió mejor.

Un tiempo (atmosférico) perfecto – 20 grados, cielos encapotados y un IUV de 3 – me permitió unirme a casi todo: al paseo en coche de caballos por las calles adoquinadas del centro, en el que, entre otras cosas, nos explicaron la finalidad de aquellas caras en las fachadas de las casas (ahuyentar a los malos espíritus); al paseo en barco por los canales (en el que no nos enteramos de nada, pero nos hartamos de reír); a los paseos a pie, cámara en mano, en que lo mismo nos parábamos a comprar chocolate, que nos sentábamos a comer patatas fritas en cualquier plaza, o atravesábamos los frondosos parques llenos de cisnes en pleno centro de la ciudad…

Y al caer la noche, más paseos, más puentes, más fotos. Y es que, sin el apogeo de los caballos, las barcas y las tiendas, Brujas parecía otra ciudad, una que se miraba silenciosa en las aguas oscuras de sus canales tratando de reconocerse. Probablemente el sitio más bonito en el que yo haya estado.

Pero aunque aquello era difícilmente mejorable, aún no lo habíamos visto todo…

Apenas un mes antes, cuando decidimos preguntarle a Paula si quería acompañarnos, me puse a buscar cosas que hacer en Brujas yendo con niños. Y buscando, buscando, encontré un pueblecito, Knokke, un poco más hacia el norte, donde anunciaban una reserva de mariposas.

Según pude entender (porque la información era escasa y estaba, en su mayoría, en flamenco) se trataba de un recinto cerrado donde las mariposas volaban a sus anchas mientras tú paseabas entre ellas. El problema estaba en que las indicaciones para llegar hasta allí eran poco menos que inexistentes, así que acabamos por descartarlo.

Sin embargo, el último día, cuando nuestros planes de ir a Gante se chafaron, a Nacho se le ocurrió preguntar… y a pesar de que el sitio en cuestión no aparecía en ninguna de las guías, en el hotel nos aseguraron que estaba a tan solo 20 minutos en tren. Y pa’llá que nos fuimos, no muy convencidos de encontrarla, en busca de la reserva de mariposas. Y efectivamente, allí estaba…

Ni aunque escribiera mil posts tan largos como éste, sabría describir lo que sentí al entrar en aquella especie de invernadero y ver tantas mariposas, de tantos tamaños y colores (amarillas, anaranjadas, verdes, azules, negras, blancas, transparentes…), pasando por mi lado como si nada…

Durante un buen rato me quedé allí de pie, sin poder hacer nada salvo mirar. Luego, cuando por fin conseguí cerrar la boca y ponerme en marcha, mi cámara miró por mí. Por su parte, las mariposas no sólo se dejaban hacer, sino que incluso se posaban encima tuya a poco que te quedaras quieta (a ésta debieron atraerle los colores de la pulsera que me hizo Paula para darme suerte en los primeros exámenes).

La verdad es que todas eran bonitas, pero había unas en particular, grandes y azules, a las que no conseguía pillar con la cámara. Pasaban por mi lado continuamente, rozándome, pero nunca las veía posarse y parecía imposible pillarlas en movimiento…

Me llevó un rato darme cuenta de que aquellas preciosas mariposas azules eran las mismas que, con las alas cerradas, llevaba viendo posadas por todas partes desde que entré. Y es que, si al volar eran increíblemente hermosas, al cerrar las alas, salvo por el tamaño, pasaban completamente desapercibidas entre tanto derroche de color a su alrededor.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí; más de dos horas, seguro. Sólo después de unos cuantos ‘un ratito más y ya está, de verdad… ‘, Nacho consiguió sacarnos a Paula y a mí a rastras de allí, y entre taxis y trenes volvimos a Brujas primero (a recoger las maletas) y a Bruselas un poco más tarde.

Allí seguía la Gran Plaza, igual de grande, igual de ostentosa, igual de protagonista, llena de turistas, como nosotros, que la fotografiaban desde todos los ángulos posibles y que bebían cerveza en sus terrazas.

Lo que no había era mariposas…

Y de repente, la opción de regresar al hotel y perder al parchís no me pareció tan mala.

‘Bolerish’ / Ryuichi Sakamoto.

(*) Más coplillas pinchando aquí.

(**) Más canales, mariposas y otras cosas por el estilo, en mi otro blog

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‘¡Dios mío! ¡Qué cosas más raras están pasando hoy! Y pensar que ayer todo sucedía como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado de alguna manera durante la noche. Veamos ¿era yo la misma al levantarme esta mañana? Me parece que puedo recordar que me sentía un poco distinta. Pero, si no soy la misma, la siguiente pregunta es ¿quién soy yo? ¡Ah, eso sí que es un misterio!’ (‘Alicia en el país de las maravillas’ / Lewis Carroll).

Cuando era pequeña, el cuento de Alicia (versión Disney, que fue como lo conocí) ocupaba el primer puesto entre mis no-favoritos. No había príncipes, ni princesas, sólo una reina gorda y mandona, que además estaba loca, y una niña redicha que hablaba con desconocidos, se llevaba a la boca cualquier cosa que se encontrara y se empeñaba en perseguir a un conejo blanco que pasaba de ella como de la mierda.

No fue hasta el verano del 90 cuando redescubrí la historia. Esta vez la original. Para entonces mis referentes habían cambiado bastante y agradecí que no hubiera príncipes ni princesas. Y aunque la reina seguía pareciéndome igual de mandona, ya no tenía tan claro que las cosas que dijese no tuviesen ningún sentido. Y aunque la prota seguía pareciéndome igual de redicha, ya no me parecía tan incomprensible que quisiera probar todo lo que tuviera a su alcance, ni que pusiera tanto empeño en alcanzar a aquel conejo que no le hacía ni puñetero caso…

A partir de entonces Alicia pasó a convertirse en uno de mis libros favoritos, de ésos que me acompañan en andenes y puertas de embarque, y que a pesar de haberlo leído tantas veces siempre me acaba enganchando.

Y es que, por raro que pueda parecer, cuando viajo no me gusta llevar libros nuevos. Los libros nuevos necesitan (y merecen) atención. Prefiero llevar algo que me resulte familiar, que no exija demasiada concentración y pueda leer a trozos sin que pierda sentido.

(…)

Para este viaje, que en principio iba a ser a Bucarest, guardé Alicia en mi mochila, más por la costumbre de echar un libro que porque pensara que fuera a sobrarme tiempo para leer.

Supongo que a Alicia no le habría parecido extraño que una nube de cenizas, proveniente de algún volcán islandés de nombre impronunciable, impidiera que los aviones despegaran esa noche, ni que nosotras acabáramos repartidas en dos coches rumbo al norte (de España).

Anoche, después de 4 días de castillos, senderos, fotos, tulipanes, pinchos, nubes y claros, y muchos kilómetros de carretera, conseguí cambiar el billete de vuelta a casa.

Campos verdes, zonas inundadas, cielos oscuros con arcoiris al fondo y Alicia.

Esta mañana me he despertado con el sonido de la lluvia en el patio interior y con esta sensación de que todo era diferente a como era hasta ayer.

Quizá haya cambiado demasiados billetes y demasiados planes últimamente.

O puede que sea yo quien haya cambiado durante la noche.

Escrito por: Bloody el 14 Ago 2009 –

‘El pudor es una virtud relativa, según se tengan veinte, treinta o cuarenta y cinco años’ (Balzac).

Cuando te das cuenta de que nada está saliendo como esperabas, lo mejor es dejarse llevar.
Por eso, aunque hacía más de un año que sabía exactamente a qué playa quería ir, no tuvimos ningún problema en cambiar de planes sobre la marcha cuando nos enteramos de que estaba a media hora en coche, más otros veinte minutos andando por un terreno bastante irregular. En su lugar, aceptamos la sugerencia de Juan, el dueño del Cobijo, cogimos la mochila y atravesamos a contracorriente los 12 kilómetros que nos separaban de la playa del Palmar, dejando a nuestra izquierda la larga hilera de coches que a esa hora regresaban a sus casas.

Pisar la arena de las playas de Cádiz con los pies descalzos es como volver a casa. Quizá por eso no me importó que se hubiera levantado el poniente, o que no pudiésemos bañarnos porque inexplicablemente, habíamos olvidado ponernos los bañadores… Extendimos nuestra toalla y nos sentamos en ella.

Y vimos a perros paseando a sus dueños…

bailarinas moviéndose a contraluz

y un par de cañas solitarias esperando pacientes…

a que picase aquel extraño reflejo en el agua…

Y en un abrir y cerrar de ojos, el sol se escondió tras el mar y el poniente comenzó a meterse bajo nuestras camisetas. Recogimos el trípode, guardamos la cámara, y regresamos al hotel con la sensación de estar dejando demasiadas cosas pendientes… Claro que aún nos quedaba una noche..

(…).

Veinticuatro horas después volvíamos a recorrer el mismo camino. Sólo que esta vez el viento había cambiado. Literalmente. Esa tarde no hacía poniente, o al menos, ya no hacía ningún frío. Era domingo, y muchas familias que habrían ido también a pasar el fin de semana, regresaban cruzándose de nuevo con nosotros.

Y aunque la playa en la que habíamos estado el día anterior era bonita, tenía una pequeña pega, tan pequeña como quisieras… Y es que aunque nadie puede decirte qué tipo de bañador llevar, algo había que ponerse.

Así que, como preguntando se llega a Roma, en esta ocasion, en vez a la derecha, giramos hacia la izquierda, seguimos con el coche por un sendero lleno de baches y llegamos a la playa nudista del Palmar. O eso nos dijeron…

La zona era más salvaje, eso había que reconocerlo. Había más dunas y no había chiringuitos, puestos hippies ni pizzerías a pie de playa. Pero había aún bastante gente, y a primera vista, todos iban en bañador. Anduvimos un rato por la arena mojada, decidiendo qué hacer, y entonces vimos a un par de hombres desnudos, uno que iba solo y estaba haciendo meditación en su toalla, y otro que estaba tumbado de espaldas, bajo una sombrilla, acompañado de una chica que llevaba bikini.

Una vez confirmado que la playa era, efectivamente, nudista (eso sí, con un porcentaje en gente desnuda, equivalente al contenido en zumo de naranja de una Fanta), dejamos nuestras cosas sobre la arena, extendimos la toalla, y nos quitamos la ropa.

Para Nacho eso de quedarse en pelotas en público era algo nuevo. Conociéndolo, pensé que iba a morirse de vergüenza, porque aunque para hacer el tonto poniéndose sombreros ajenos no es nada pudoroso, para otras cosas sí que lo es…. Sin embargo, no sé si porque lo convencí cuando le dije ‘cielo, piensa que aquí no nos van a volver a ver’, o porque to’lo malo se pega, la verdad es que lo noté la mar de cómodo con la situación…

Yo por mi parte estaba mejor que quería… El sol aún no se había puesto, aunque estaba ya muy cerca de la linea del horizonte. Desnuda en el mar, notaba su luz por todo mi cuerpo, una luz que sabía que no me haría daño. El agua estaba perfecta, no había algas, ni muchas olas, y salvo nosotros dos, nadie más se estaba bañando. Luego Nacho se salió y yo me volví a meter…

Podría haberme quedado dentro toda la noche. Sin embargo, el sol hacía un rato que se había puesto y la luna seguía sin aparecer. Además, aún quedaban familias al completo, parejas que parecían tener la misma prisa por marcharse que nosotros, cañas de pescar clavadas en la orilla, gente bajando a caballo por las dunas…

Definitivamente, aquélla no era la playa adecuada para saldar cuentas, pero con to’y con’eso, la escapada había merecido la pena.

Volvimos al hotel cansados y hambrientos, dejamos los trastos en la habitación, y bajamos a cenar a una placita donde ya habíamos estado la noche antes. Allí nos encontramos con los dueños de la casa rural, los mismos que nos habían hablado de esa parte de la playa.

Lo cierto es que el mismo día que llegamos decidimos contarles por encima por qué no nos íban a ver salir de allí de día, pero sí que nos verían salir hacia la playa cuando todo el mundo estuviese regresando. Y ellos, como casi todo el mundo, habían puesto esa mirada de lástima que tengo ya tan asumida…

Sin embargo, esa noche, cuando nos vieron aparecer, me miraron de otro modo. ‘Te has bañado!’, me dijeron, tocándome el pelo que aún estaba mojado. ‘Sí’, fue lo único que acerté a decir yo, con una sonrisa de oreja a oreja. ‘Se te nota en la cara. Se te ve distinta’. Ahora ellos también sonreían.

Y yo pensé que si tanta gente, incluso personas que me han visto cuatro veces en mi vida, coincidía en que las cosas se me notan en la cara, debía ser cierto. Y que si, horas después, era capaz de conservar la sal, la luz, la arena, el agua y los abrazos de Nacho en la cara, qué más daria en qué momento los hubiera tomado prestados…

Y mientras le daba vueltas a eso frente a un provolone al horno, me di cuenta de que justo en la mesa de la derecha teníamos sentada a una de las familias que estaban a nuestro lado en la playa: madre, padre, otro señor que imagino que sería un tio, y los dos hijos adolescentes.

Durante unos segundos pensé callarme y seguir comiendo… pero al final no pude evitarlo.

‘Cielo, recuerdas aquello que te dije en la playa? Lo de que a esa gente no la íbamos a volver a ver…’.

Escrito por: Bloody el 11 Ago 2009

Desde fuera, el plan parecía sencillo. Básicamente, se trataba de aprovechar la luna llena de Agosto para pasar un fin de semana a la orillita del mar y poder tachar así de mi lista el último de los I’ve never que tenía pendiente desde hace un par de años…

Pero hasta los planes más elaborados pueden acabar torciéndose por algún detalle sin importancia… como, qué sé yo… haber olvidado buscar un hotel para ese par de noches de Agosto en plena Costa de la Luz.

Por suerte, cinco dias antes del fin de semana, y más de cien llamadas de teléfono después, encontramos una habitación doble en una casita rural de la sierra de Cádiz.

Vale que no estuviera en la costa, sino a 15 minutos de la playa (según los dueños del sitio en cuestión). Vale que la reserva no fuera exactamente para los días en los queríamos irnos… Pero era lo mejor que teníamos. De hecho, era lo único que teníamos.

Así que en vez perder el fin de semana lamentándonos por lo que hubiéramos podido encontrar si hubiésemos sido un pelín más previsores, a mí se me ocurrió un plan alternativo:

Ya que íbamos a perdernos la primera noche de luna casi-llena, quizá podíamos salir tempranito, llegar a Los Caños (que nos pillaba de camino) antes de que saliera el sol, quitarnos la ropa, darnos nuestro primer baño juntos en pelota picá mientras veíamos amanecer, y luego sin prisas, ir a desayunar algo hasta que fuera la hora de hacer el check-in en el hotel.

Como Plan B no estaba nada mal (aunque esté feo que sea yo quien lo diga)…

Quién iba a imaginar que justo esa mañana el despertador se quedaría dormido… O que cuando por fin llegásemos a Los Caños (una hora más tarde de lo que pensábamos) nos encontraríamos con una playa llena de botellas y de vasos, y de borrachos que aún no se habían ido a dormir, oyendo música (por decir algo) a toda hostia apoyados en sus coches…. Y ya puestos, quién iba a imaginar que yo metería el pie en un agujero que había camino de la playa, torciéndome el tobillo izquierdo y aterrizando con la rodilla derecha en la grava (vale, esto último igual no era tan inesperado, sobre todo conociendo mis antecedentes y esta singular costumbre mía de caminar siempre mirando al cielo…).


El caso es que después de semejante aterrizaje, mi plan B no tenía ya mucha razón de ser. Así que me limité a hacer unas fotillos del amanecer y de la luna sobre el faro, intentando (con escaso éxito) que aquello no afectara a mi humor… aunque en el fondo no dejara de pensar que el viaje no había comenzado con buen pie (hay que ver qué chispa tengo…!).

Por no tener, ni siquiera tenía prisa por llegar a la casa rural donde habíamos hecho la reserva por teléfono cinco días antes. Supongo que porque, a juzgar por cómo estaban saliendo las cosas, daba por hecho que acabaríamos pasando dos románticas noches en un cutre-hostal, perdido donde Cristo dio las tres voces, y a una hora y media de la playa más cercana…

Y aunque no se trataba de algo voluntario, en el fondo nos vino bien no tener prisa. Más que nada porque justo al llegar al coche caímos en la cuenta de que ninguno de los dos había apuntado la dirección ni el teléfono del sitio al que íbamos… (Sorpresa, sorpresa!)

Sin embargo no estaba todo perdido… Por suerte recordábamos el nombre del hotel. Asi que, tras un par de llamadas al Escocés (que, por suerte para nosotros, tiene la absurda costumbre de madrugar incluso estando de vacaciones) y de unas cuantas vueltas por el pueblo, llegamos por fin a nuestro destino.

Sólo entonces, y por primera vez en lo que llevábamos de viaje, las cosas parecieron tomar otro cariz…

Y es que El Cobijo de Vejer , resultó ser una preciosa casita blanca, con su patio andaluz lleno de flores, una tupida parra bajo la que echarse unas cartas por la tarde (y ganar, jeje), sus acogedoras habitaciones (con cocina y baño), y un magnífico desayuno (con bizcochos y mermeladas caseras, cinco tipos de panes, melón con jamón, y un montón de cosas más) todo ello incluído en el precio…

Y por si eso fuera poco, estábamos en pleno centro del pueblo, en el que por cierto hicimos un par de breves incursiones para comer… Por supuesto, cogiendo siempre por la sombrita, convenientemente embadurnada de crema de factor 50 y protegida por un sombrero naranja (a juego con el abanico de Kukuxumuxu, regalo de mi viajero favorito) que nos hacía pasar desapercibidos allí donde entráramos…

No digamos ya cuando a mi Bombón le daba por quitármelo para ponérselo y posar para mí, jejeje…. .

Pero lo mejor de todo, y de eso pudimos dar fe esa misma noche, es que estábamos realmente a 15 minutos de la playa…

(To be continued)

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Escrito por: Bloody el 20 Nov 2007 –

Me encantan los aeropuertos, observar a la gente que espera para embarcar, pensar a qué van o si vuelven, si tienen a alguien esperándolos o si tal vez dejan a alguien allí…

Desde luego, cualquiera que nos viera a nosotros el miércoles pasado en la sala de embarque no tendría que hacer muchos esfuerzos para averiguar a qué íbamos a Amsterdam.

Exacto. A visitar museos.

La ciudad de los canales en pleno noviembre puede hacerte sentir frío sólo de imaginarla. Pero la realidad es que entre el olor a comida que te envuelve en cada esquina, las luces que las farolas derraman sobre las fachadas inclinadas y los graznidos de los cisnes rompiendo el silencio de la noche, al final hasta el frío se toma un respiro, sobre todo cuando te acercas a los pequeños comercios del casco antiguo, abiertos hasta bastante tarde.

El hotel en el que reservamos una habitación triple, la número 53, estaba en pleno centro, en Damstraat, a unos metros de la plaza del Dam. El baño era pequeño y la ducha no tenía ni siquiera plato, pero las camas eran cómodas, el sitio limpio (si no te fijabas demasiado), y te traían el desayuno a la habitación. Y lo más importante, estaba permitido fumar. Qué más queríamos…

Lo primero que hicimos tras dejar las maletas fue buscar un coffeeshop donde comprar María. Lo siguiente, volver a la habitación para fumar. A mí fumar no me gusta; además, con todos los problemas pulmonares que tuve hace un año, no estoy yo para llenarme de humo los huecos que aún funcionan. Así que podría decirse que en general me he conformado con ser fumadora pasiva, dejándole los porros a kike y Juanjo. Que no han sido pocos, unos 8 al día…

Beber sí he bebido. La verdad es que no suelo hacerlo porque el alcohol me sube muy rápido. Con una Heineken me harto de reir, con dos me quedo mirando al vacío, y con tres me pongo a llorar. Y eso he hecho, he reído, he mirado la pared y he llorado como para no tener que mear en 4 días.

Así, con muchas latas de cerveza vacías llenando la papelera por la mañana, muchas colillas, no siempre dentro del cenicero, humo hasta en el vaho de los cristales, algo de comer (frutos secos, bocatas y un toblerone gigante), y mucha música, aunque no demasiado buena (la mía la censuraron rápido por deprimente… tss) han pasado 4 días con sus 4 noches.

Pero no creáis que han sido todo porros y birras en la habitación, noooo… los hemos combinado con paseos matutinos – Amsterdam Cultural- recorriendo los coffeeshop de los alrededores, donde seguir fumando Alegría, AK7, Bubble Gum, o Laughing Buda, acompañadas de un buen batido de chocolate.

Incluso el viernes por la mañana sentimos la obligación moral de hacer algo un poco más constructivo y decidimos ir al museo Van Gogh. Lamentablemente, para mí, al llegar a la puerta y ver que la entrada costaba 10 euros/each, los niños cambiaron de opinión y decidieron invertir su dinero en algo mejor… (seguro que adivináis en qué) y a mí entrar sola no me apetecía, así que….

Al menos en el camino de vuelta pudimos visitar (gratis) el mercado de las flores, aunque con la nariz taponada por el resfriado no pude olerlas. Y tras recorrer una fila de puestos que rompían absolutamente con el cielo mate de la mañana, pusimos rumbo al hotel para descansar un poco.

En cuanto a mí, he ido a mi bola a ratos, porque no siempre tenía sueño a la hora de la siesta, o y no siempre me apetecía ver a estos dos de María hasta las cejas, riéndose de las mismas cosas que yo no encontraba graciosas la primera vez… Pero sobre todo porque no todos los porros sientan igual y no todas las cervezas dejan risas al fondo de la botella.

He paseado de noche sola por el Dam, he comido poco -quizá demasiado poco-, he dormido a destiempo (con respecto a ellos), y he pensado en muchas cosas mientras dejaba que el viento me helara la cara…

Ha sido un viaje raro, agridulce, y completamente diferente a los otros dos que hice.

Claro que tampoco yo soy la misma de hace 3 años.