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Después de dos semanas de lluvias ininterrumpidas, por fin nevaba. En los bares, en los ascensores, en las oficinas, no se hablaba de otra cosa. Imaginó cuánto le habría gustado ver aquel manto blanco cubriéndolo todo, a pesar de que nunca había conocido a nadie que soportara peor el frío. En días como aquél, le gustaba abrazarla, notar su nariz helada en el cuello y sus manos metiéndose bajo su ropa en busca de calor. Seguramente habrían ido al Retiro y habría paseado con ella agarrada del brazo. O puede que se hubieran quedado en la cama haciendo planes y viendo caer la nieve a través del cristal. Entonces él habría dicho alguna tontería para que perdiera el hilo y habría aprovechado la ocasión para besarla. Y ella habría sonreído. Y él se habría sentido el hombre más afortunado del mundo y la habría besado de nuevo. Pensó en cuánto tiempo hacía que no la veía sonreír…

Al otro lado de la ventana, los copos de nieve le recordaban a las flores de jazmín que se desprendían de las ramas con el viento, flotando en el aire durante unos segundos para acabar posándose en el césped. Cuando plantaron aquel jazmín apenas les llegaba a las rodillas. Ocho veranos después se extendía por toda la pared y empezaba ya a trepar por la pérgola de madera que cubría el patio. Ahora sin embargo crecía salvaje, como si no supiera hacia dónde ir o dónde enredarse. Siempre había sido ella la que se había encargado de podarlo y cuidarlo, y ahora estaba tan perdido como él. Probablemente la nieve lo habría vencido con su peso y cuando volviera a casa lo encontraría tronchado y helado. Una angustia inesperada lo asaltó de repente… ¿Qué le diría si decidía regresar y preguntaba por su jazmín?

Hacía años que no nevaba de aquella manera. Incluso los informativos aconsejaban no coger el coche si no era imprescindible. El primer mareo del día la pilló sola, en la ducha. Cuando se lo contó, él le regañó como a una cría. Era la tercera vez en lo que iba de semana, y aún así no había manera de convencerla para que fuera al médico. Ella le quitaba importancia, seguro que era de la tensión, decía, nada que no se le pasase con una Coca-Cola. El segundo mareo le dio después de cenar y tras él vinieron los vómitos. Y antes de que él pudiera coger las llaves del coche, ella se desplomó. Fuera, las carreteras secundarias estaban cortadas por la nieve. La ambulancia no llegó a tiempo.

Desde entonces dormía. Y él velaba su sueño. Y la miraba, y la besaba, y le llevaba su música favorita… Sólo a veces, en silencio, le echaba en cara que hubiera sido tan cabezota. Sólo a ratos la culpaba por haberlo dejado tan solo. Por no despertar. Entonces salía de la habitación, bajaba a la cafetería, pedía un café, y se quedaba allí frente a la taza, esperando, dándole tiempo para reaccionar, para que despertara aunque sólo fuera para contestarle. Más tarde, cuando regresaba y la veía allí, dormida, le pedía disculpas por haberla dejado sola, le cogía la mano y le contaba cualquier cosa, el último chisme que hubiera escuchado en la cafetería. Y luego rompía a llorar…

Pero hoy no. Hoy era diferente. Hoy era su cumpleaños, o su no-cumpleaños, según se mirara. El quinto que pasaba en el hospital, aunque hacía ya tres que lo celebraban solos. Amigos, familiares lejanos, compañeros de trabajo hacía ya tiempo que habían dejado de ir. Mejor. Después de tantas noches junto a ella, de tantas reuniones con sus médicos en las que habían intentado hacerle entrar en razón, por fin había firmado… Esperó a que saliera la enfermera para sacar su regalo del cajón de la mesita que había junto a la cama. Era su última noche juntos, y quería estar a solas para mostrarle lo que había dentro del sobre. Primero leyó la carta, un par de folios llenos de guiños que sólo ella entendería, hojas escritas de madrugada en las que le decía que no sabía qué iba a hacer con sus noches cuando ella no estuviera… jamás pensó que le costaría más leerla que escribirla. A continuación, leyó en voz alta la copia del impreso. Éste era más breve. En él, daba su consentimiento para apagar la máquina que la mantenía con vida. Después de eso, todo habría acabado…

Menos para ti, cielo, para ti todo empezará de nuevoFeliz cumpleaños, amor mío.

Por una vez estaba seguro de haber acertado con su regalo . No pensaba contárselo a nadie, pero juraría que la había visto sonreír.

‘Si tú no estás aquí’ / Rosana.


Bueno, pues después de una larga e injustificada ausencia de más de 4 meses (ahí es nada), he vuelto a escribir en el foro. Y esto es lo que he colgado: breve, alegre… vamos, que lleva mi sello lo mires por donde lo mires… Qué le voy a hacer si es que… ♫♫ soy la juerga padre, la alegría de la huerta…♫♫ jeje.

El tema de esta semana lo ha propuesto Juan, y es Reciclaje.

 

 

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Comprobó la temperatura del agua con el pie. Perfecta. Encendió un par de velas y apagó la luz del baño. Hacía meses que no pasaba un fin de semana sin una guardia, que no dormía 8 horas seguidas, que no tenía tiempo para ella. Dejó que la espuma volviera a la superficie cubriendo los huecos que había dejado al meterse, y cerrando los ojos echó la cabeza hacia atrás. Al sacarla se peinó con los dedos, siguiendo el pelo más allá de la nuca, como si aún lo llevara largo. Aquél había sido sólo uno de los muchos pequeños cambios que habían tenido lugar en los últimos meses.

Miró hacia la alfombrilla donde solía tumbarse su gata. Recordó sus maullidos… interrogantes cuando la perdía de vista, exigentes cuando su comedero estaba vacío y, sus favoritos, los que le daban la bienvenida al volver a casa.

A él nunca le gustó. No entendía cómo aquel bicho podía tener tanto protagonismo en su vida. El día que se escapó, ella tenía turno de noche. Y él no quiso preocuparla. Por eso decidió no contárselo cuando la llamó para preguntarle cuánto tiempo tenía que calentar la cena al microondas. Ni cuando la volvió a llamar porque no encontraba el cargador del móvil. No se enteró hasta la mañana siguiente, cuando al abrir la puerta no apareció enredándose entre sus piernas. Él le quitó importancia con un ya volverá cuando tenga hambre… los gatos son así. Y ella prefirió no preguntar cómo había podido escaparse.

Durante semanas esperó que alguien la hubiera reconocido en la foto con la que empapeló el barrio, comprobaba su móvil una y otra vez, le parecía oír sus maullidos en el pasillo… Hasta que un día dejó de oírlos. Y de esperar. Después de aquello no hubo más gatos. Él insistió en que era lo mejor. Los gatos eran ariscos y traicioneros, no como los perros. Y ella pasó por el aro. Como tantas veces. Al fin y al cabo, sabía de lo que hablaba. Llevaba muchos años siendo perro. Siempre buscando su aprobación. Siempre conformándose con las sobras. Siempre supeditando sus necesidades a las de él. Hasta el día en que él decidió que aquello no funcionaba. Sin más explicaciones. Y cuando se fue, se dio cuenta de que no tenía nada. Sólo una casa vacía en la que enterrarse viva y aquel pasado que pesaba como una losa.

A partir de entonces todo fue cuesta abajo. Un perro sin dueño no tiene orgullo. Se acerca a cualquiera que tenga algo que ofrecerle. Y a veces necesita tanto volver a confiar en alguien que acaba lamiendo la mano equivocada. Ella lo hizo. Lamió la mano equivocada. No una, muchas veces. Muchas manos. Demasiadas. Y cuando por fin tocó fondo y vio en lo que se había convertido, decidió que ya había sido perro suficiente tiempo. Y se sacrificó. Y se reencarnó en gato. Y comenzó a vivir la primera de sus siete vidas. Y cuando apuró la primera, fue a por la segunda, a por la tercera…

Un mensaje en el contestador la devolvió al presente, a las yemas arrugadas de sus dedos. Aún faltaban un par de horas, pero prefería no ir con prisas. Salió del baño, apagó las velas y comenzó a arreglarse. Eligió cada detalle. No quería dejar nada al azar. Había imaginado aquella llamada muchas veces en los últimos meses. Cuando aún dolía. Cuando aún esperaba una explicación a la que agarrarse. Hasta que dejo de hacerlo. Entonces llegó. Y con la llamada, la invitación a cenar, el vino, las confesiones. Nada que ella no supiera. Nada que tuviera ya importancia. Aún así le siguió el juego. Le dejó hablar hasta estar segura de que no quedaba nada que aclarar. Entonces se lo llevó a la cama. Y le mostró todo lo que había aprendido sin él. Necesitaba que entendiera en qué se había convertido. En qué la había convertido.

Pero él no lo entendió. Tiró de recuerdos y fechas que ya no significaban nada. Habló de segundas oportunidades. Y acabó pidiéndole que volviera. Y ella le dejó arrastrase. Prometió que se lo pensaría. Y lo hizo. Pensó en su gata, en el tiempo que pasó buscándola, en lo largos que se vuelven los días esperando una llamada que no llega. Y tras echar una última mirada a aquel desconocido que dormía junto a ella, dejó su respuesta sobre la mesita. ‘Volveré cuando tenga hambre’. Y cerró la puerta a sus espaldas. Y estrenó su siguiente vida.

Y mientras buscaba las llaves del portal lo vió. Un gato gris de no más de un palmo de alto maullando asustado bajo un coche. No se lo pensó. A fin de cuentas aún le quedaban 4 vidas que compartir.


Esta semana la llevaba el Escocés, y su propuesta fue “Epitafios”.

El mío es un poco metafórico y… estooo… un poco larguito…

¿Qué queréis que os diga? Haber elegío muerte …