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Qué puedo decir…

Cinco años deberían haber sido un buen entrenamiento y aún así…

Echaré de menos sentirme culpable por no ir a verte. Echaré de menos echarte de menos, pantera.

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.Apenas 4 semanas de clase – las prácticas las he acabado (por fin¡¡¡¡)- y me despediré del edificio 14 y de ese alfeizar donde suelo sentarme a esperar y observar a la gente…

Ahora toca centrarse y echar el resto – aunque sea de aquella manera- en el millón de trabajos que me quedan; y cuando los haya acabado todos, estudiar para el último examen de la carrera, Ética, que será el próximo 26 de junio. Yuju.

Y a cruzar los dedos…

Wish me luck¡

 


(si queréis descargaros esta coplilla o saber de qué va la letra, ya sabéis).

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Sueño que los pájaros se olvidan de volar y caen pesados como piedras. Una lluvia de mirlos, palomas y gorriones se estrellan contra el suelo, llenándolo todo de cuerpos rotos que aletean en vano.

Despierto y tu mano no está sobre mi cintura. Me propongo mirar para otro lado pero no puedo evitar leer tus gestos, tus excusas. Tampoco tú podrías evitar leer los míos si te pasaras por aquí alguna vez.

Despierto sintiéndome pájaro sobre la acera. Las cosas se ven tan absurdamente claras desde aquí… Y sólo quiero que llegue julio.


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Me

gusta

mi

N o M b R e

cuando

lo

pronuncias.

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‘El Alzheimer borra la memoria, no los sentimientos’ (Pasqual Maragall).

La habitación no es muy grande, tampoco pequeña. A la derecha, una cama individual  perfectamente vestida y una mesita de noche. A la izquierda un armario hasta el techo y un pequeño escritorio color miel bajo el que se oculta un discreto cajón de arena. En el centro, una puerta de cristal cubierta por una cortina anaranjada da paso a una terracita individual a la que asomarse ahora que viene el buen tiempo.

Por lo demás, salvo un par de zapatos y una camita de espuma, no hay objetos personales a la vista. Ni fotos, ni cuadros, ni libros. Lo que no deja de tener sentido cuando estás convencida de que no has venido aquí para quedarte.

- El 27 vuelvo a mi casa, ¿sabes?

Aun sintiéndome  como una mierda por estar ahí, sosteniéndole la mirada mientras la oigo describir la que sin duda fue una casa preciosa a la que me consta que no volverá, aprovecho un silencio que queda suelto para redirigir la conversación. Sonriendo, le pregunto por la preciosa gata que me ha hecho recorrer más de 900 kilómetros y perderme este soleado martes de feria :cool:

- Liuma se viene conmigo, por supuesto.

Su respuesta no guarda relación alguna con mi pregunta, pero vuelvo a asentir mientras ella se gira para coger a la gata que, curiosa, se ha subido a la cama e inspecciona mi mochila con su chata nariz.

- ¿Le importa si les hago una foto a las dos juntas?

Liuma.Con una mezcla de tristeza y ternura la observo a través del visor. Su sonrisa mientras la besa contrasta con la cara de enfado de Liuma. Normal. Tampoco yo estaría dando botes si fueran a inmortalizarme así, pelada como un caniche, cuando hasta hace una semana había sido una elegante gata persa color crema.

- Liuma significa hoy. 

Tras los cristales de sus gafas, sus ojos me recuerdan a los de mi abuelo. El mismo tono azul-acuoso. La misma necesidad de ser mirados.

El Barah, ayer.

Me quedo un rato más. El suficiente para escuchar hasta tres veces la historia de los muchos años que vivió en Marruecos, de sus viajes en coche de Algeciras a Barcelona, de cómo Liuma llegó a su vida.

- Liuma, hoy. El Barah, ayer – repite orgullosa, sosteniendo entre sus manos el presente en forma de gata.

Y mientras trato de mostrar el mismo interés en mis gestos que la primera vez que lo escuché hace apenas media hora, noto cómo mis prejuicios a la hora de juzgar a las personas en función de cómo tratan a los animales cobran fuerza irremediablemente…

(…)

Cuando nos propusieron elegir tema para el trabajo fin de grado, reconozco que el de maltrato a personas mayores no estaba entre mis finalistas. Por otro lado, y eso sí lo tenía claro, quien quiera que fuera a tutorizar mi trabajo debía ser alguien con la suficiente correa como para dejarme ir a mi aire; y el profe que ofrecía el trabajo sobre maltrato a mayores lo parecía.

Finalmente decidí priorizar el tutor sobre el tema y empecé a recopilar información sobre el maltrato en la tercera edad, sintiendo que me adentraba en un mundo paralelo y espeluznante que jamás imaginé que pudiera existir…

Afortunadamente la correa se ha aflojado bastante y he conseguido, sin perder de vista a la tercera edad, cambiar el tema del maltrato por uno bastante más bonito:  la importancia que tiene para una persona mayor, a la hora de ingresar en una residencia, el poder llevar a su mascota consigo.

De momento he encontrado una residencia privada en Barcelona, sólo una, en la que entienden algo tan obvio, al menos para quienes no concebimos la vida sin un bicho al lado, como que alguien que haya compartido los últimos años de su vida con un animal se resista a desprenderse de él.

Una residencia donde una señora de pelo gris y ojos azul-acuoso, que comparte una habitación color miel con su gata color crema, no sólo me regaló parte de su mañana, sino que me reveló algo que de no ser por ella ahora no sabría. Que Liuma significa hoy.  

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De La Chaparrita me gusta que, estando en un barrio tan pijo como el mío, la gente con la que suelo coincidir allí sea gente corriente: familias ruidosas, mexicanos nostálgicos, parejas acarameladas…

Me gustan sus paredes lilas, anaranjadas y amarillas, sus salvamanteles de yute y la barra donde me invitan a un Nestea cuando espero comida para llevar.

Me encanta muchísimo que tanto el dueño, dos metros de amabilidad mexicana, como el camarero, mexicano también y de sonrisa perfecta, me reconozcan siempre que voy y me llamen señorita :cool:

Y, por supuesto, me encanta la carta, al menos la parte que he probado: los frijoles con crema, las flautas de patata, el sope callejero, los tacos de raja de chile poblano, las quesadillas de flor de calabaza (cuando las tienen), los tamales de verdurita y los de raja; y, psssí, vale… los crepes de dulce de leche, los margarita y los chupitos de tequila :D .

Cuando voy a La Chaparrita me gusta pillar la mesa que está junto a la ventana o, en su defecto, la que hay en la esquina del fondo. Me gusta pedir cosas para compartir y luego algo más para cada uno, y si es de noche, salir de allí con ese puntito que me hace ir riéndome discretamente por la calle aunque sin llegar a potar por las esquinas.

(…)

Del Duplex me gusta que por fin sé llegar sin perderme. Y sólo me ha llevado 6 años¡¡¡ :D

Me gustan sus 3 plantas y me gusta no haber tenido que sentarme nunca en la del medio. Me gustan sus camareros, que suelen ser guiris como la clientela, y la música que suelen poner.

Y me gusta su carta, ofkórs: me encantan los champis con soja, los cubos de camembert frito con salsa de arándanos, las croquetas de espinaca, la cazuelita de provolone, las patatas al vino dulce…

Cuando voy al Duplex me gusta sentarme en una de las mesas de arriba que dan a la barandilla, o en la mesa de abajo que hace rincón, mirar la carta como si no supiera qué voy a pedir y observar al camarero acercarse con la primera jarra de sangría. Y es que, al pan, pan,  la sangría del Duplex me encanta tantísimo que creo que es el único restaurante del mundo en el que, cuando voy, como fruta :cool:

Y tanto si son las 4 de la tarde como las 10 de la noche, me encanta salir de allí habiendo dedicado no menos de una jarra a brindis varios, riéndome de todas las chorradas que he ido acumulando mientras estaba dentro y haciendo eses por el empedrado de vuelta a casa.

(…)

Lo malo del Porta Rossa es aparcar… pero como a mí siempre me dejan en la puerta, lo soporto con resignación :cool:

Lo bueno del Porta Rossa es TODO lo demás, y todo lo demás incluye a los dueños -un italiano, muy italiano, y un español, encantadores ambos-, a los camareros, la decoración del local, las servilletas de tela…

La carta del Porta Rossa es sencillamente alucinante. No hay ni un solo plato al que se le pueda poner un pero, desde los antipasti – esa ensalada de calabacín con parmesano y trufa, los cornetti de espárragos con crema y, mi entrante favorito, la melazane alla parmigiana-  hasta los platos principales – los ravioli rellenos de muselina de setas con salteado de piñones, romero y nata están pa’cantarles. Eso sí, conviene dejar hueco para los postres. Salir de allí sin probar la panna cotta al caramelo, independientemente de lo lleno que estés, es imperdonable.

Cuando vamos al Porta Rossa, porque al Porta Rossa solemos ir los 4, me gusta elegir una mesa que quede junto a alguna pared y sentarme junto a Paula, dejando a los chicos enfrente. Me gusta comerme la mini pizza que me toca cuando aún quema, antes de que mi hija me la quite como hace con la de Nacho. Me gusta  jugar con los grissini, ponérmelos a modo de bigote súper largo y utilizarlos luego para coger las aceitunas.

Y me gusta que, antes de irnos, alguno de los dueños se acerque para ver qué tal estaba todo y nos sonría y nos ofrezca un limoncello y nos diga que espera vernos pronto por allí.

Y llegar luego a una casa con un sofá destrozado y sin lámparas, porque ahorrar para comprar las que a mí me gustan significaría ser hormiga y ser hormiga implicaría renunciar al presente que son  las mesas para dos (o para cuatro) en las que hartarme de comer y brindar con aquellos a los que quiero.

Y esa renuncia, al menos para alguien como yo, es inconcebible… Porque las mesas para dos son la pura esencia de la felicidad inmediata. Y a fin de cuentas ésa es la única felicidad que podemos concebir las cigarras.

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‘Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano por el lomo y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme’ (Oliverio Girondo).

Llego 5 minutos antes de lo acordado. Saco la BB y le mando un mensajito a mi profe avisándole de que estoy abajo. Soy G., le aclaro. Dudo que vaya a reconocerme por mi avatar de wasap; al cole suelo ir vestida :cool:

Mochila al hombro espero junto a la verja. Los funcionarios que regresan de tomar café pasan por mi lado en pequeños grupitos. Luego atraviesan el torno sin dejar de charlar y desaparecen de mi vista.

Y mientras unos van haciéndose cada vez más pequeños, la silueta de mi profe se vuelve cada vez más nítida. Adivino la breve conversación de ascensor que tendrá lugar antes incluso de llegar a su despacho. Y me pregunto qué pasaría si en lugar de responder con vaguedades educadas le hablara de cómo conseguí estas bonitas ojeras a juego con mi camisa.

- Puntualidad británica, eh… bueno, qué tal tu semana santa?

230 Y pienso en los bajos empapados de mis vaqueros girando a la derecha un domingo de madrugada, en una vida de chocolate sin azúcar y leche desnatada con sacarina, en lo fácil que entra el tequila cuando es bueno y en lo largas que se vuelven las noches cuando quien duerme a tu lado no te pasa siquiera una mano por la espalda…

- Bien. Muy liada con los trabajos… Y la tuya?

Una vez zanjado el tema me invita a pasar a una habitación de cristal donde al parecer estaremos más cómodos. Y hablamos de esto y de lo otro, de perros y gatos y otras cosas que te cambian la vida y te hacen beberte hasta el agua de las macetas en un momento dado.

Y aunque no me lo diga, sé que mi proyecto no le convence. Y lo entiendo. No sé por qué tengo que complicar tanto las cosas, pero qué le voy a hacer. Aun así hace unas llamadas,  me da unos teléfonos y comentamos lo de mi viaje a Barcelona. Luego mira discretamente la hora y me acompaña a la salida.

Y acostumbrada a hacerlo de noche y en verano, me resulta extraño atravesar este patio a plena luz de día, sin murciélagos revoloteando, ni barra de bar al fondo, ni sillas de plástico, ni pantalla de cine. A propósito de cine…

Anoche soñé contigo. La sala es pequeña y está llena de viejos y parejas de esas que pueden besarse sin tener que esperar a que apaguen las luces. No es nuestro caso. Sentados uno junto al otro, vista al frente, podríamos pasar por perfectos desconocidos. Y atrapada entre mis muslos, torpemente oculta por mi chaqueta, tu mano derecha me recuerda por qué nunca, ni siquiera soñándote, podremos ser amigos.

Fuera un cielo perfecto me recuerda que ayer llovió. Claro que ayer aun era marzo. Como todos los años por estas fechas.


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