Había una vez una pequeña tortuga que vivía en una de esas peceras planas con isleta al centro y palmerita de plástico por bandera. Y comía camarones secos y una especie de pienso desecado que aparecía flotando en el agua una vez al día y acababa mezclándose con sus propias heces. Y cada mañana buscaba el sol que entraba a hurtadillas por la ventana de una impoluta cocina de color crema con isleta al centro. Y nadaba, con sus pequeñas patitas, dibujando círculos infinitos. Y, a veces, cuando se aburría de nadar, permanecía quieta, dejándose llevar a ninguna parte. Y eso no la hacía feliz. Tampoco desgraciada. Porque nadie le había hablado nunca de los ríos, de la lluvia cálida de verano, de los cielos cuajados de estrellas, de las piedras cubiertas de musgo sobre las que atesorar los últimos rayos del sol de la tarde, del deshielo que trae consigo la primavera, ni de las crecidas que arrasan con todo aquello que no tenga raíces. Y ella, en su pequeña pecera con isleta al centro, jamás echaría de menos nada de eso.

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Comprobó las correas más por costumbre que por seguridad. Después de más de un año trabajando en su proyecto, había llevado a cabo suficientes intervenciones como para estar seguro de que el sujeto no opondría resistencia. El pánico lo paralizaría, como minutos antes había sucedido con su hermano. Una muestra más de la inferioridad de su raza.

Haciendo caso omiso a los lloriqueos, extrajo 2 mililitros de AC#23 y procedió a inyectarlo en el iris izquierdo del sujeto. Consultó su reloj. El tiempo medio de expansión del producto solia ser de 40 segundos, pero a veces llevaba alguno más. La medicina no era una ciencia exacta. Ensayo y error, al final todo se resumía en eso.

Cuarenta segundos más tarde levantó la vista del reloj. El AC#23 había cubierto ya algo más de la mitad del iris y seguía avanzando. Sin embargo, tal y como había previsto, el sujeto había perdido el conocimiento. Aprovechó para hacer algunas anotaciones en la ficha del paciente: sexo- varón, edad- 10 años (aprox)., peso- 25 kilos (aprox.), color original del iris- marrón oscuro, muestra utilizada en el estudio- AC#23, tiempo de expansión máxima- 45 seg. (aprox.), otras observaciones- gemelo.

A continuación, con la ayuda de una pequeña linterna, observó más detenidamente los resultados. Al igual que en el caso anterior, la heterocromía había alcanzado la práctica totalidad del ojo; apenas una pequeña porción del iris seguía siendo oscura y vulgar, el resto se había vuelto completamente azul. Tratándose de gemelos idénticos, el resto de la evaluación carecía de interés. El sujeto habría quedado ciego tras la tinción, así que no merecía la pena esperar a que despertara. La extracción se llevó a cabo sin ninguna incidencia digna de mención.

Ya en su despacho, abrió la vitrina para mariposas donde guardaba sus pequeños trofeos y colocó cuidadosamente las dos nuevas adquisiciones. Luego volvió a colgar su particular colección en la pared, admirando aquellos treinta y seis pares de ojos que lo observaban. Setenta y dos miradas azules que lo animaban en silencio a seguir adelante, recordándole que el mundo no tenía por qué ser oscuro.

 


Esta semana le tocaba a Psiqui proponer tema y dijo:“El tema que elijo para la próxima semana es ‘La oscuridad’... Ya sabéis, a pensar oscuridades. Puede ser cualquier oscuridad, la de la noche, la del alma, la de un día de tormenta… “

Sé que la oscuridad sobre la que he escrito es especialmente oscura, y lo peor de todo es que los hechos que describo aquí no son fruto de mi imaginación. Podéis comprobarlo por vosotros mismos pinchando aquí.

(Creo que mi padre empieza a estar realmente preocupado por los temas sobre los que escribo… el próximo jueves intentaré no matar a nadie, jeje. En cualquier caso, gracias por ser crítico conmigo, papá).


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Llevaba ya un rato mirándose, cuando se dio cuenta de que no se reconocía. Era una sensación rara y a la vez extrañamente familiar, como cuando en el colegio te mandaban copiar cien veces la misma frase y las palabras acababan por no tener ningún sentido. Se tocó la cara, los ojos, la boca. Al llegar al cuello sus manos se detuvieron. Se levantó el vestido y sus ojos bajaron hasta los pechos, redondos y pequeños. Lo más probable era que le cupiesen en sus manos, pero algo le dijo que era mejor no arriesgar. A continuación su mirada siguió bajando hasta llegar a su cintura; era diminuta, tan estrecha que podría ser rodeada con un solo brazo. Y sus muslos, tan largos y esbeltos…

Unas risas la avisaron de que alguien se acercaba. Echó un último vistazo y dejó el vestido caer de nuevo sin forma alguna hasta sus tobillos. Giró a derecha, izquierda e izquierda de nuevo hasta salir de aquel laberinto, evitando mirarse en un solo espejo más. Aquél había sido el único en el que lo que había visto no le había dado asco, y decidió quedarse con el recuerdo de aquella imagen.

Volvió a casa andando. La feria no quedaba cerca, pero las paradas de autobús y sus paneles publicitarios de cuerpos perfectos siempre conseguían deprimirla. Al entrar, un olor a guiso le revolvió el estómago. Besó a sus padres y ayudó a su madre a poner la mesa. Sin embargo, una vez servida la cena, no consiguió llevarse a la boca más de dos cucharadas antes de excusarse, asegurando haber picado algo por ahí, y retirarse discretamente. Luego fue al baño, echó el pestillo y, una vez desnuda, se enfrentó a su realidad: pechos grandes, cintura inexistente, una enorme barriga y unos muslos tan anchos que si probara a meterlos en unos vaqueros reventarían las costuras al sentarse. A continuación dejó correr el agua del grifo para no ser oída y se provocó el vómito por segunda vez en lo que iba de día.

El espejo del baño fue el último en ver de pie a Ana, segundos antes de tambalearse, desplomarse y dar con sus 47 kilos en el suelo y la sien derecha en el water.

 


Esta semana le tocaba a Psiqui proponer tema, y dijo:‘El tema es: Un laberinto, podéis escribir lo que queráis, siempre que sea un laberinto de ideas, de emociones, de los de verdad…simbólicos…’