‘Y si te llevo por un camino equivocado, es porque tú así me lo has pedido desde el principio’ 

(Armenia, Henrik Nordbrandt)

 

A orillas del Mersey el amanecer es blanco y negro. Apoyados en el malecón observamos en silencio cómo la marea baja deja al descubierto enormes planchas de piedra cubiertas de algas muertas y de gaviotas en busca de pequeños moluscos enredados en ellas.

Luego echamos a andar sin prisa ni rumbo fijo, guiados por los bolardos que delimitan la zona de paseo invitando, con sus advertencias, a mirar hacia abajo.

Cuidado: aguas profundas y caídas a gran altura. No pasar de este punto. 

Pero mi vista se pierde un poco antes, en los cientos de candados atrapados a lo largo de las tres hileras de pesados eslabones de hierro que los unen. Promesas de amor eterno, ofrendas de fidelidad, recuerdos oxidados de lo que algún día debió ser hermoso y puro.

Cuántas de ellas se habrán cumplido. Cuántos de los corazones atracados en aquel muelle habrán sobrevivido al salitre que flota en el aire, a la lluvia cayendo como agujas, a los excrementos de gaviota que todo lo corroen.

Y vuelvo a fijarme en la señal de peligro.

Cuidado: aguas profundas y caídas a gran altura.

No

            pasar

                                 de

                                                  este

                                                                     punto. 

¡A buenas horas!, me sermoneo a mí misma. Como si la culpa fuera mía por no haber sabido leer tus señales. Por haberme dejado llevar por el camino equivocado.

Me detengo, saco mi móvil y tiro un puñado de fotos grises que me recuerden que una vez más, una más, he cogido un avión para que me rompas el corazón en una cama. 

Y mientras te observo caminar sin prisa ni rumbo fijo, dejándonos al mar y a mí a tus espaldas, como siempre haces, siento la imperiosa necesidad de estar sola.

O quizá simplemente de alejarme de ti

de una vez por todas.

– Oye, que voy para casa, que al final no me quedo aquí a dormir.
– ¿Y eso?
– Porque se ha parado la otra máquina y no puedo arreglar la nuestra…
– … porque no se pueden quedar sin ninguna, claro.
– Eso es. Así que esta noche podemos salir a tomarnos la cervecita.
– Vale. ¿Recoges tú a D. del tenis?
– Yo no sé si voy a llegar para cuando él salga.
– Bueno, pues que se venga con J. como esta previsto.
– Venga, niña, en un par de horas estoy por allí, adiós.

Cosas que me gustan cuando viajo en coche:

1. Salir cuando aún es de noche y ver amanecer en carretera.
2. Las balas de heno diseminadas a lo largo de los campos recién segados.
3. Que me cuenten historias mientras conducen.
4. El amarillo vivo de las flores de colza, el intenso de los girasoles, el pálido del trigo maduro.
5. Los carteles que indican desvíos a pueblos con nombres raros.
6. Que haga frío fuera y el sol caliente el interior del coche.
7. Ese instante en que la lluvia enmudece al pasar bajo un puente, para volver a repiquetear sobre el parabrisas un segundo después.
8. Parar a tomar algo en un bar de carretera y curiosear los expositores buscando nombres de gente a la que quiero en llaveros y pulseras.
9. Descalzarme, estirar las piernas y apoyar los pies sobre la guantera (aun sabiendo que no debo hacerlo).
10. Toquetear el pelo del conductor.
11. Ver cómo cambia de color la tierra cuando el cielo se nubla de repente.
12. No llevar coches delante, mirar por el espejo retrovisor y que tampoco venga nadie detrás.
13. Esas amapolas que brotan aquí y allá casi a pie de carretera.
14. Pegar el móvil a la ventanilla y hacer fotos en movimiento.
15. Ver cómo asoma el mar a lo lejos cuando vas por carreteras de costa.
16. Comer mierdas por el camino (salvo chicles).
17. Las declaraciones de amor pintadas con spray en los bajos de los puentes.
18. Atravesar túneles de montaña, especialmente cuando no hay más coches a la vista.
19. Entrar en Cádiz por el puente Carranza, bajar la ventanilla y dejar que el olor a salitre inunde el coche.

Cosas que no me gustan, me ponen triste o me dan miedo cuando viajo en coche:

1. Ver animales muertos en el arcén.
2. Ver animales en el arcén y pensar que igual no están muertos.
3. Adelantar camiones.
4. Los ramos de flores, frescas o marchitas, atados a señales de tráfico y a cortamiedos.
5. El asfalto mojado.
6. No poder ir en el asiento del copiloto.
7. Llevar puesta la radio. La radio sólo la soporto, y porque no me queda otra, en los taxis.
8. Que los gorriones se queden parados en mitad de la autovía y parezca que los vamos a atropellar.
9. Las carreteras de montaña con curvas cerradas.
10. Cruzarme con camiones que transportan animales vivos.
11. Ver caballos pastando en los campos y darme cuenta de que están sujetos por una cuerda.
12. Guardar silencio cuando entra una llamada en el manos libres, recordándome que yo no debería estar ahí.
13. Las chumberas enfermas y las flores de pita.
14. Llevar puesto el GPS con sonido.
15. Cruzar el puente Carranza de vuelta a Sevilla.

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‘El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados’. (Milan Kundera)

Salgo del taller de cocina vegana acompañada por la chica del pelo de cebada y el chico de ojos como lagos. Medio contenta (porque después de pasarme toda la noche bebiendo agua del grifo hemos acabado brindando con cava), medio triste (porque tengo una coplilla clavada en el corazón desde esta mañana), enfilo la cuesta que me lleva de vuelta al hotel.

Tarjeta en mano intento, sin mucho éxito, recordar el número de nuestra habitación. Se trata de un hotel pequeño y todas las habitaciones están en la segunda planta, pero mi estúpida buena memoria sólo puede decirme las que no son. Ni la 618, ni la 307, concretamente. Al salir del ascensor recorro el pasillo buscando alguna pista que me recuerde cuál es la puerta que abre mi llave. Y cuanto estoy a punto de bajar a recepción a preguntar, la veo frente a mí: habitación 208.

Al entrar compruebo que la cama sigue hecha. Me desnudo, me lavo la cara y me tapo con unas sábanas heladas bajo las que no hay nadie a quien despertar. Porque sí. Porque somos tan franceses que, después de una semana fuera, Nacho se ha ido de cañas con un amigo de Badajoz. Y la cosa es que no me parece ni mal. No he estado sola en toda la semana y necesitaba este momento para mí. Le mando un wasap: En el hotel. Pásalo genial. Te amo. Luego busco en mi carpeta “amigos” y vuelvo a detenerme en las últimas fotos que he guardado en ella. Me gustan tantísimo que se las enseñaría al primer señor que me cruzara por la calle, como hace mi madre con las de Paula. Y sé que no debería molestar a estas horas, pero me atraen demasiado los precipicios…

Y justo antes de apagar la luz vuelvo a abrir mi correo, buscando esa canción que no logro sacarme de la cabeza.

Porque hace seis años, más o menos por estas fechas, todo eran coplillas tristes y flores de chocolate y chats hasta las tantas. Y era tan bonito todo…

Y me doy cuenta de que mi problema no es ya que no le tenga miedo a la caída, que también, es que ni siquiera trato de defenderme del deseo de caer. Al contrario. Quizá porque caer siempre me ha parecido un poco como volar.

Y le doy al play. En esta habitación de hotel vacía que no significa nada. Que ni siquiera es la 110, me digo. Entonces caigo en la cuenta de que a veces una canción también puede ser un precipicio. Y extiendo los brazos. Y comienzo a caminar muy cerca del borde…

Che me ne faccio ormai di tutti i giorni miei
se nei miei giorni non ci sei piu’ tu

 

Pd. Si queréis saber de qué va la coplilla, aunque no os garantizo que esté bien traducida, pinchad aquí.

 

 

 

 

 

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Era una historia como tantas otras. De mensajes enviados desde el baño y fotos abiertas a escondidas. De calendarios sin aniversarios y habitaciones con número en la puerta. Una historia, como tantas otras, con obsolescencia programada.

Ella era la mayor de 8 hermanas. La que estrenaba la ropa que heredarían las demás. La que intentó seguir los pasos de su padre hasta que descubrió que ella era más de letras y se dedicó a estudiar civilizaciones antiguas y guerras entre países que hacía tiempo que habían dejado de existir.

Él nació con un pan a deber, dos bocas por encima y dos por debajo, el verano en que acabó la guerra. No tardó en entender que el hambre era la recompensa de quienes habían luchado en el bando equivocado. Que la vocación estaba reservada para quienes se lo podían permitir. Y a sus 9 años cambió los libros por un trabajo de repartidor.

Y como Madrid son dos calles, un día acabaron por cruzarse. Él con su tupé engrasado y su sonrisa mil veces ensayada ante el espejo. Ella con su melena lisa y aquellos enormes ojos verdes.

Y se enamoraron perdidamente, como sólo pueden hacerlo quienes no tienen nada en común. La hija del fascista y el hijo del republicano. La profesora de historia y el policía nacional. Y decidieron dar el salto. Buscaron una iglesia donde hacerlo oficial. Compraron el piso, la vajilla, el coche. Tuvieron dos niños y un perro.  A ninguno le dio por leer la letra pequeña.

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Ella se levanta tarde y, café en mano, se sienta a ver la tele. Lo hace un día. Y otro. Y otro. Hace años que dejó de dar clases. Que los niños se fueron. Que el perro murió. A veces se le derrama un poco de café sobre el pecho y no se da cuenta. A veces se queda dormida viendo como otros viejos que se han quedado solos buscan pareja. Y a veces mira hacia atrás y acaba sumida en una tristeza de la que tarda semanas en salir. Sola.

Él se levanta temprano. Se ducha y sale de casa para tomar café con un par de antiguos compañeros. Se ducha y sale de casa para no estar con ella. Lo hace una mañana. Y otra. Y otra. Y a veces no consigue recordar quién es esa mujer de pelo cobrizo y raíces blancas que dormita en el sofá. La observa en silencio, con su camisón manchado de café y su mirada perdida, tratando de adivinar si se sentirá tan sola como él.

 Y atrapados en un marco de plata sobre la librería de un salón en el que ya nadie entra, una mujer morena y un hombre sonriente posan juntos en el día de su boda. Y son felices para siempre jamás.

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Junio, 2015.

Hoy comí helado. Antojo-cuchara-congelador, así fue la cosa. Y justo cuando me lo estaba llevando a la boca llegaron Paula y el Escocés de sus respectivos coles. Sólo entonces me di cuenta de la hora que era. Pero para entonces ya lo había probado. Y lo cierto es que me apetecía tanto como para haberme levantado a cogerlo. Que no es poco. Que hay veces que me aguanto y no me levanto ni a mear.

Así que le dije al Escocés que comieran ellos y mientras yo seguí hundiendo la cuchara en la tarrina. De chocolate, por si alguien se lo estuviera preguntando. Y ellos comieron comida-comida, en la mesa, con mantel. Y yo helado, en el sofá. Plato único. Y es que aunque en general me encanta sentarme con ellos, a veces me apetece comer sola. O algo distinto. O comer fuera. O no comer.

Porque ésa es una de las ventajas de ser adulta. Que nadie te viene a decir “aquí se come a las 2” o “hasta que no acabes, no te levantas” o “esta noche hay ternera en salsa“. Que lo que yo coma o deje de comer, dónde y con quién lo haga, es cosa mía. O debería serlo.

Y será la edad. O la luna. El caso es que hace unas semanas decidí plantarme. Le pedí consejo al Escocés, que es de lejos quien mejor me conoce, quizá porque es a quien más daño hice la primera vez que intenté salir de este armario tan estrecho que es la monogamia. Que de to’ se aprende si se atreve una a aprender.

Y lo hablé con Nacho, a quien taaaanto le gusta lo libre que soy y con el que tan bien me va (ahora). E investigamos un poco. Y compramos una especie de guía sobre cómo mantener relaciones abiertas con cierta ética. Y acordamos consensuar límites. Y redefinirlos si veíamos que no eran suficientes o que eran demasiados. Que una cosa es la teoría y otra el bicho que te crece en el estómago cuando sabes que tu pareja se está acostando con otro/a. Que a fin de cuentas es lo que nos han enseñado. Que el sexo y el amor tienen que ir de la mano. Que el buen amor es el que no se comparte. Que el amor de verdad es que se entrega para siempre jamás y sin guardarse nada.

Así que en eso ando. Tomándome mi tiempo. Leyendo, asimilando, tratando de analizar desde otro ángulo dónde la cagué en mi relación anterior. Que lo contrario de la monogamia no es Sodoma y Gomorra, como muchos creen. Y que estar convencida de que la monogamia no está hecha para mí no significa que vaya por ahí sin bragas, invitando a cualquiera a meterse en mi cama, aunque sea la lectura que algunos le den.

Y entre capítulo y capítulo, surgen otras cosas igualmente importantes. Como tumbarme a ver una serie con Nacho y echarle los pies por encima. O decidir qué haré el curso que viene para que no se me vuelva a caer encima la casa.

– De qué va ese libro, mamá?

O explicarle a Paula de qué va este libro, que no es poca tarea.

O comer helado en el sofá.

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¿Será posible que todavía vea fotos como ésa y sienta mariposas en el estómago? 

Si fuesen mariposas, la cosa sería distinta.

Te encantaría verlas ahí, pegadas a los cristales de los escaparates como niños curiosos.

Cubriendo las paredes de ladrillo como una moqueta viva.

Y te pondría tremendamente triste encontrarlas sobre las aceras, aleteando moribundas a 40 grados a la sombra.

Y odiarías a los gorriones por cazarlas en pleno vuelo.

Pero son polillas.

Sombras torpes que espantas distraída con la mano cuando revolotean demasiado cerca de tu cara.

Siluetas que baten sus alas alrededor de la luz hasta quemarlas.

A mí las polillas no me gustan.

Y algunas vuelan en vertical, siempre hacia arriba, y acaban estampándose contra las ventanas, para morir agotadas sobre algún alfeizar.

Me parecen tan tristes, tan oscuras.

Y a veces ocurre que, de entre todas esas que vuelan en vertical – venciendo al calor y a los gorriones y los manotazos de gente a la que, como a mí, no le gustan las polillas-, hay una que sobrevive.

Buscando alguna rendija abierta por la que colarse.

Pero nadie quiere sentir polillas en el estómago.

Así que me aseguro de cerrarlas todas a cal y canto

Si fuese una mariposa…