La vida es bella.


‘A veces deseo ser como mamá, que nunca tiene esa sensación de perderse algo, sensación que yo tengo tan a menudo y de forma tan dolorosa’ (A. Schorobsdorff, ‘Tú no eres como otras madres’)

La costa de Almería es azul, roja, verde. A veces también es blanca, como la playa de los Genoveses, y otras del color del trigo, o eso me han contado.

13680648_526884237510725_8450562148084086802_nY hay montañas que ocultan el mar para que pueda sorprenderte de repente, cuando coges una curva con un coche de juguete mientras suena White Buffalo. Y dunas que son trincheras. Y barcas viejas, comidas por la sal y por el olvido. Y matojos que parecen secos pero que resisten el viento y la ausencia de lluvia. Y cactus que sostienen como pueden a la única flor que darán en su vida. Y flores que se elevan desafiantes, como espadas contra el cielo. Y chumberas moribundas que se marchitan a ambos lados de la carretera sin que ni tú ni yo podamos hacer nada. Y camaleones que salvan su vida en las rotondas sólo para que yo los vea. Y casas cúbicas que cobran vida cuando tú hablas de ellas. Y palabras que evitan que uno se duerma al volante.

Y hay paseos marítimos llenos de gente que no puede vernos cogidos de la mano. Y puestos hippies donde venden cosas inútiles pero preciosas, en los que yo les compro algo a Nacho y a mi hija y tú a tu mujer. Y restaurantes con manteles de plástico que te llevan de vuelta a la infancia y en los que yo, que no he estado en ese pasado, como no estaré en ningún futuro tuyo, te escucho embobada desde este presente que no puede quitarme nadie. Porque si hay algo que me encanta muchísimo es oír historias bonitas de boca de personas a las que quiero.

Y hay pensiones cutres, con espejos en el techo y cabeceros naranjas y colchas que han amarilleado con el tiempo. Y colchones con sábanas de arriba que acaban a los pies de la cama. Y camas que acaban convirtiéndose en aguas internacionales.

13782258_527210604144755_3064625716341385018_nY desayunos en los que me entero de que eres de los que desechan la primera y la última rebanada del pan. Y flores fucsias que se arremolinan contra los bordillos de las aceras para recordarme que en menos de 3 horas estaré de vuelta en esa estación en la que tú me pondrás la mejilla cuando vaya a besarte.

Porque a mí esas cosas, que esto está mal y que nadie debe saberlo, siempre se me olvidan.

.

Y qué te ha gustado más, me preguntas.

Y pienso en el atardecer desde tu cama, en tu ventana sin cortinas, en lo mala que era la peli, en ti tratando de comer con palillos, en tus dedos arrugados al salir de la bañera, en el ansia con que me besaste al cerrar la puerta.

, respondo.

13697030_526510960881386_8269437986243585703_n

Y no aprendo.

Cosas que me gustan de trabajar en una cocina vegetariana (so far):

  1. No tengo que manipular carne ni pescado. Que yo recuerde la única carne fresca que he manipulado en mi vida eran los filetes de pollo que hacía en la plancha para Wilma y más tarde para la Susi. Y los filetes de ternera, para la Susi también. Y me daban muchísimo asquito. Sobre todo los de ternera, que soltaban sangre. Porque no es “juguito”, es sangre. De la ternera. Y Paula protestaba porque a ella no le preparaba carne y a la Susi sí. Y qué le iba a decir yo, si era verdad. (…) cómo echo de menos a la Susi, joe.
  2. Tengo que vestir de negro, mi color favorito para las camisetas porque no se nota (demasiado) que no uso sujetador. Si a eso le sumas que llevo delantal encima, ni te cuento. Un sueño.
  3. No tengo que ir arreglada. Puedo recogerme el pelo en una cola al llegar y ya (que es lo que hago). Tampoco tengo que ir maquillada (y me consta que en ciertos trabajos, si eres mujer, más te vale ir “mona”), lo que me viene perfecto porque en mi casa no ha habido nunca ni una barra de labios, ni un bote de maquillaje, ni na.
  4. Puedo comer de todo lo que se hace. En 4 días he probado: ensalada de quinua (me ha dicho una amiga que se dice así, y no con “o”, y yo le voy a hacer caso), guiso especiado de patatas, pakotas, hummus de berenjena, falafel casero, croquetas de setas, de manzana y de zanahorias, salmorejo de remolacha, ensalada de col con pasas y zumos varios. Y seguramente más cosas que ahora no recuerdo. Todo ecológico además, que esto se me había olvidado contarlo.
  5. Aprendo mucho. No sólo sobre cocina, también sobre por qué un plato puede tardar una eternidad en salir cuando estás sentado a la mesa y, media hora antes, has sido un/una maleducadx con la camarera. Consejillo: sed educadxs, siempre. No para que vuestro plato no tarde media hora en salir, simplemente porque sonreír, saludar al llegar y despedirse al salir, y decir “por favor” y “gracias” es gratis. Y porque se gana más lamiendo que mordiendo.
  6. Me río mucho, sobre todo escuchando a M. hablar solo, o maldecir en italiano y al segundo siguiente canturrear poniendo tonito.
  7. Dejarme caer en el sofá cuando llego a casa, después de 6 ó 7 horas de pie y sin parar un segundo, es droga dura.
  8. ¿He dicho ya que puedo ir sin sujetador? 🙂

naranjas

Y hoy en Sevilla es fiesta. Y hace un día espectacular (salvo que no te pueda dar el sol, como a mí, en cuyo caso hace un día de mierda). Y quienes no se hayan ido a la playa estarán, emperifollaos perdíos, en la Catedral, viendo bailar a unos niños vestidos de antiguo. Lo sé porque la gente en Sevilla es así. Yo no. Yo hoy no trabajo, así que estoy en camiseta y bragas. Porque ya hace calor, aunque no tanto como para ir en tetas.

Y en mi cocina, la tercera desde que vivo con Nacho, hay una fuente con triangulitos de tofu en salsa de naranja, miso blanco y 5 especias chinas macerando mientras escribo esto. Y hay también media naranja que olvidé guardar en el frigo hace una semana y que han colonizado las hormigas. Y cada vez que la veo me recuerda a nuestra primera cocina -que era, si cabe, más cutre que ésta- y a aquella piruleta con forma de corazón de la que sólo dejaron el palo. Y me quedo embobada mirando cómo se sumergen bajo la piel de la naranja. Que no sé a vosotrxs, pero a mí me parecen las hormigas más bonitas del mundo.

Y me paso el día con una sonrisa en la boca sin terminar de creerme que todo esto me esté pasando.

Cuando empiezas a vivir a los treinta y pico, como me pasó a mí hará unos doce años, casi todo lo que llega lo hace a destiempo. No tarde, porque tarde llegas a los trenes que no coges y yo los estoy cogiendo todos. A destiempo sí. Porque a mis 44 años siento que no me da la vida para todo lo que tengo aún pendiente.

Martes 17 de mayo (wasap)

Hermana, Fulanito va a abrir un nuevo restaurante vegetariano/vegano y está buscando alguien para la cocina. Yo le he dicho que tú te has hecho vegana y que cocinas de puta madre. Me ha dicho que te pases a verlo. Llámalo y queda con él. Su teléfono: 555…

Y aunque siempre me he negado en redondo a aprovechar cualquier oportunidad que viniera en forma de recomendación, esta vez no me lo pensé dos veces y marqué. Y dos días después me planté allí con mi camiseta favorita (la negra, ancha, que reza: “Fisher & Sons. Funeral Home”), mis vaqueros rotos y más nervios que vergüenza, a pedir trabajo. Que total, el no ya lo tenía. Y probablemente por apellidarme como me apellido, porque por mi experiencia en restauración ya te digo yo que no fue y por mi escote definitivamente tampoco, decidieron darme una oportunidad de ésas que no cuenta una con tener, menos a estas alturas de la película.

Viernes 20 de mayo (wasap)

Buenos días G., como verás cuando las cosas vienen para uno hay que dejarse llevar. La mamá de una de mis cocineras está muy mal y a punto de terminar, y no puede venir a trabajar. Puedes venir desde hoy o mañana??

Y eso hice. Dejarme llevar.

Y ese mismo viernes aterricé en aquella diminuta cocina formada por una especie de pasillo estrecho, donde están los congeladores, el frigo de la verdura, la Thermomix y la tabla donde preparamos las ensaladas y, a continuación, una zona cuadrada donde están los fregaderos, el lavavajillas, otra zona de refrigerados donde se etiquetan y se guardan los platos preparados, con una encimera arriba donde cocinar y, para terminar, el frontal del infierno: los fuegos, las freidoras y el horno. Hay también una ventana chica pero pa’mí que está de atrezzo porque no corre una puta gota de aire. Que hace más calor allí dentro que follando ya os lo podréis imaginar… Si además coincidimos lxs 3 cocinerxs y lxs dos camarerxs, el camarote de los hermanos Marx es una suite con terraza comparado con aquello. En cuanto a lxs cocinerxs, por ahora conozco a dos de lxs tres que forman la plantilla: M., un italiano treinteañero, con perilla de chivo y menos chicha que un yonki de los 80, que canturrea mientras cocina y maldice en su idioma natal, especialmente cuando lxs clientxs piden hamburguesa, y D., una uruguaya algo mayor que yo, experta en repostería y en mantener la cocina como los chorros del oro.

Y así ha sido como, en apenas 4 días y sin creérmelo aún del todo, me he visto con un delantal negro y un gorro naranja (ambos prestados), cortando verdura, emplatando humus de 3 sabores, pelando patatas como si estuviera en la mili, rompiendo accidentalmente la tapa de la Thermomix (fue prácticamente lo primero que hice na más llegar, que esto es como rayar tu coche nuevo, cuanto antes te lo quites de encima, mejor), echando las croquetas en la freidora que no era y rebanándome la yema del dedo gordo de la mano derecha con una mandolina más traicionera que la parte adhesiva de un salvaslip.

Que es cierto que cocinar, lo que se dice cocinar, no estoy cocinando. Aunque tampoco es que me importe… ya habrá tiempo de demostrarlo si al final resulta que se me da bien (y yo creo que sí). De momento me conformo con hacer de pinche y tomar nota mental de todo lo que puedo. Como que las croquetas quedan preciosas y doradas si las empanas con maíz molido en vez de con pan rallado. O que la tofunesa (mayonesa vegana hecha con tofu ahumado) es tan fácil de hacer como la veganesa y va mejor para decorar platos. O que las setas con salsa de vino están aún mejor que salteadas y ya. O que si cueces patatas y después las cortas en trozos irregulares, las fríes, les echas sal y te las comes, llegas al orgasmo sin tocarte ni na. O que mientras me toque trabajar con la radio puesta de fondo, va a ser inevitable acordarme de A. cada vez que M. tararee una coplilla de Fito.

Y que sí, que llego a mi casa pa’que me recojan con cucharilla, sin ganas de entrar en la cocina (en la mía) ni pa’hacerme la cena… Pero sólo con lo que estoy aprendiendo ya me salen las cuentas de todas las horas que estoy echando sin que me paguen una mierda con el rollo de que estoy a prueba. Y por más que a mi madre le haya faltado tiempo para recordarme que yo no puedo trabajar en algo tan duro, y que a ver si me va a dar un brote, y que qué necesidad tengo yo de trabajar (¡y a mi edad!) si con lo que gana Nacho vivo mejor que quiero, lo cierto es que yo estoy más feliz que un cerdo en una charca :). Y más que voy a estar si paso el periodo de prueba y me hacen un contrato.

Para celebrarlo, y aunque esto sigue sin ser un blog de cocina, voy a dejar por aquí la receta de una crema súper sencillita que hice el otro día con restos de cosas que tenía por casa y que resultó estar dulce (como por otro lado cabía esperar) pero muy rica. Se puede servir caliente o templada (a mí me gusta más templada).

Crema dulce de calabaza

Ingredientes (para, aproximadamente, 4 raciones de entrante)

  • 1 puerro grandecito.
  • 2 zanahorias grandecitas también.
  • calabaza (yo usé una rodaja de calabaza japonesa que pesaría como 500 gr. con la piel, calculo)
  • un chorrito de algún aceite suave (yo usé de girasol sin refinar)
  • 1 lata de leche de coco.
  • 1/2 cucharadita de concentrado de vainilla con bourbon (yo lo compré en la sección de repostería).
  • pizca de sal.
  • semillas o germinado de semillas para decorar (yo usé semillas de amapola)

Preparación

Puedes preparar las verduras al horno o al micro.

cremaSi vas a hacerlas al horno, ponlo a precalentar a unos 180º. Mientras se va calentando, prepara las verduras: quita la parte verde del puerro y lava y corta en dos, a lo largo, la parte blanca, pela y corta en rodajas las zanahorias y por último pela y corta en trocitos la calabaza. Ahora corta un trozo de papel de aluminio suficiente para hacer las verduras en papillote, colócalas sobre la mitad del papel de aluminio, rocíalas con un chorrito de aceite y una pizca de sal, cierra el papel sin aplastarlo sobre las verduras, y al horno hasta que éstas estén blandas (el tiempo que tengas que dejarlas dependerá de cómo la hayas cortado, entre otras cosas; puedes echarles un vistazo cuando lleven media hora o 3/4 y moverlas un poco si no están). Si tienes la vaporera de Leuke (o de otra marca), prepara las verduras igual y ponlas en la vaporera con el mismo chorrito de aceite y sal, y al microndas a potencia máxima hasta que la verdura esté blandita (lo mismo, ponla y ve mirando).

Cuando la verdura esté blandita, pásala al vaso de la batidora o a la Thermomix (pero cuidado con la tapa, que me han contado que se rompe con mirarla) y tritúrala. Ve añadiendo la leche de coco y sigue batiendo. Cuando quede tipo crema (puedes pasarla por un chino o no; yo la pasé) le añades la vainilla, mueves bien para que se reparta y listo.

Sirve con unas semillas por encima, que además de darle un toque crujiente, visten mucho 🙂

 

counter for wordpress

El otro día por la calle olía a Japón (Paula)

japónbudaLa habitación de Tokyo es diminuta pero funcional. Un baño donde todo encaja como en un tetris y una cama doble bajo un ventanal desde el que todos los amaneceres son grises y fríos. Aun así lo primero que hago nada más despertarme es levantar el estore, pegar la nariz al cristal y comprobar que es real, que estoy aquí. A mi derecha Paula frunce el ceño sin abrir los ojos a la vez que se encoge bajo las sábanas.  A despertarse, le digo. Pero dejo que se acurruque un ratito más, porque aunque fuera de estas paredes nos espere nada menos que Japón, hay pocas cosas tan bonitas en el mundo como verla dormir.

En Japón los trenes salen y llegan a su hora, y todo el mundo hace cola en los andenes y deja salir antes de entrar, sin empujones ni malas caras. Casi nadie sabe inglés pero todo el mundo es amable y te echa una mano si ven que andas perdido. Lo sé porque otra cosa no, pero perdernos… No hay papeles en el suelo, ni cáscaras de pipas, ni colillas de cigarrillos, ni cacas de perro, ni nada, a pesar de que, desde los atentados con gas sarín en el metro de Tokyo, las papeleras brillan por su ausencia. Tampoco te cruzas con nadie pidiendo una moneda en una esquina, ni con animales vagando por las calles.

japónbosquesEn Nagano dormimos en un ryokan, una posada tradicional japonesa con futones en el suelo y puertas corredizas de madera y papel de arroz, sin wifi ni baño en la habitación. En unas horas tenemos la cena del grupo con el que viajamos pero a mí, que estoy de un humor de perros desde que llegamos,  lo único que me apetece es quedarme aquí tirada y no hablar con nadie. Entonces Paula, que me ha hecho girarme mientras se cambia, me dice “ya puedes mirar“. Y me doy la vuelta y la veo ahí de pie, con ese pelazo negro que le llega por la cintura, envuelta en el yukata que nos han prestado, sonriéndome. Y en ese preciso instante me doy cuenta de un montón de cosas a la vez. De que es nuestro primer viaje sin Nacho ni Chema y no tenemos ni una sola foto juntas. De que mientras que yo no he parado de protestar desde hace 4 días, ella no se ha quejado ni una sola vez, por nada. De que estamos en Japón y parece que me haya propuesto no disfrutar de ello. Así que cambio el chip. Voy contigo, le digo. Y me enfundo en mi yukata, que no me queda ni la mitad de bien que a ella, aunque qué más da…

16948422417_15f0b03318_mEn Japón los baños públicos están siempre limpios, da igual que estés en un McDonald o en un restaurante de verdad. Estés donde estés, la gente habla bajito, como si anduviesen siempre contándose secretos, y si ven que vas a subir, te esperan con el ascensor abierto. Hay máquinas expendedoras cada 100 metros – refrescos, chocolatinas, sandwiches, tés de todos los sabores… – y todo el mundo viste como le da la gana, hasta el punto de que en un mismo vagón puedes coincidir con un señor enchaquetado, un grupo de amigas en kimono y un chico con pelo azul, aunque sólo a los guiris parece llamarnos la atención.

En Kyoto dormimos en una habitación preciosa: techos altos y abuhardillados, suelo de madera y una ventana que da a un patio privado. El desayuno no está incluido así que hacemos pereza y amanecemos cuando nos viene en gana, para desesperación de R., con el que compartimos casa y que ha planificado 500 excursiones para las que tendríamos que estar en marcha a las 8. Pero Kyoto pide a gritos otro ritmo, otros ojos. Invitamos a R. a que siga con sus planes sin contar con nosotras y, por fin solas, visitamos el castillo de Nijo, nos perdemos por los jardines de Nara y nos pateamos el centro buscando pendientes que no necesiten agujeros para ella y un par de camisetas de dinosaurios con bolsillos para mí. Y es así, a mitad de viaje, como me reconcilio conmigo misma y con Japón.

japóndeseosEn Japón los cables atraviesan las calles, porque el cableado aquí no va por dentro de las casas. A ratos da la sensación de que son los cables los que sujetan las fachadas y que cortando uno todas irán cayendo como fichas de dominó. También hay cuervos en vez de palomas y cerezos en flor en vez de naranjos. Y hay templos, templos impresionantes y otros más modestos, con jardines y budas y platillos de bronce donde dejar los donativos y ciervos que hacen una reverencia a cambio de una galleta y campanas y dragones y plegarias escritas en tablillas de madera o en papel, doblados sobre sí mismos y tendidos al sol.

De vuelta a Ikebukuro, sus calles abarrotadas y todos esos luminosos que laten en la oscuridad consiguen que echemos de menos Kyoto. Y en un par de días estaremos cogiendo aviones de nuevo. Y yo, que jamás fui con mi madre ni al cine, me doy cuenta de que lo que más me ha gustado de Japón venía conmigo de casa.

 

 

 

counter for wordpress
Cuando yo era chica quería tres cosas por encima de todas las demás: ser Félix Rodríguez de la Fuente, sin el “como”, tener el pelo como la Nancy negra, y un perro.

Ya por aquel entonces, en mi mente infantil en la que aún todo parecía posible, tener un perro era un sueño equiparable a poder cambiar mi pelo lacio y aburrido por un pelucón afro de puta madre o a convertirme en la persona a la que más admiraba en el mundo.

[Aclaro esto por si quien no sea capaz de entenderlo quiere ahorrarse el resto de la entrada]

2015-07-16 09.45.02Susi llegó en diciembre, poco antes de Navidad, un domingo que lloviscaba un poco y hacía tirando a fresco. Llegó con sus 16 primaveras y esa tristeza de quien ha perdido todo. Su familia, su hogar, su lugar en el mundo. Llegó además la misma mañana en que a Brow se le fue la pinza y, sin mediar gruñido, atacó a Livia y me la dejó tuerta para siempre. Así de oportuna fue la Susi. Entrando ella en Sevilla y yo en el veterinario de urgencias, en la otra punta de la ciudad, a las 9 de la mañana.

Era más bonita la Susi. Con su crin de little pony y su cresta punk y esos enormes ojos negros nublados por los años y ese rabito que no paraba de mover cuando notaba que la mirabas y sus 5 dientes y medio y su lengua kilométrica. Y más buena…

Su anterior dueña, una señora mayor con demencia, había muerto hacía poco en un pueblecito de Ciudad Real, y yo, que por aquel entonces veía a Wilma en cada perro viejo con el que me cruzaba, me enamoré de ella al instante cuando vi su carita en una publicación en Internet. Más tarde supe que quien originariamente la adoptó fue el hijo de esta señora, unos 15 años atrás, aquí en Sevilla. Luego se casó, se separó, y la perra, como ocurre a veces con las cosas que ya no necesitamos pero no queremos tirar, acabó yendo a parar a casa de su madre. Al menos hasta que ella murió y él se desentendió de la que había sido la sombra de su madre durante los últimos años de su vida. Y así fue como Susi llegó hasta mí.

2015-04-29 20.17.48Y la lluvia acumulada durante la noche anterior trepaba por los bajos de mis vaqueros mientras iba a recogerla, con mi cabeza puesta en Livia y en Brow y en cómo me acabo complicando la vida siempre.

A Susi le encantaba meterse en los parterres, especialmente en aquellos en los que había hojarasca o flores secas. Olía, marcaba, enterraba con las patas traseras y hasta el siguiente árbol. También le gustaban los filetes de ternera recién hechos, croquetear en la cama de Brow, chuparme las piernas cuando me salía de la ducha y ocupar el lado de Nacho cuando dormía fuera de casa.

A mí me gustaba verla dormir. Acariciarla mientras pensaba la suerte que había tenido de que me hubieran elegido para adoptarla. Oírla roncar, porque aunque no llegara a los 5 kilos, la Susi roncaba como un marinero borracho. Me encantaba cuando me veía asomar un pie fuera de la cama por las mañanas y se ponía a dar vueltas como una loca y a moverme el rabito para que la sacara. O cuando jugaba con la pelota de Livia y me la traía para que se la tirara. Y me encantaba muchísimo cuando Brow y ella se ponían a lamer la boca del otro como si no hubiera mañana.

Y cuando quise darme cuenta, Susi había llenado casi por completo el hueco que había dejado Wilma. Y sí, me sentía un poco culpable por ello, como me pasó cuando Bleda llenó el que había dejado Éboli, pero no podía evitarlo.

Fue a Susi a quien más eché de menos, de largo, cuando me fui con Paula a Japón en semana santa. Más que a Nacho y al Escocés juntos. Más que a Livia, Salvú y Brow. Nunca me ha costado tanto coger un avión como aquel que iba a separarme de ella durante 10 largos días.

2015-07-16 09.45.53Y por más que supiera desde el momento en que la adopté que no tardaría en marcharse, despedirme de ella cuando lo hizo, 7 meses después de llegar, ha sido lo más difícil y doloroso por lo que he tenido que pasar en mucho mucho tiempo. Quizá por eso me ha costado más de dos meses volver al parque sin ella. Y esparcir sus cenizas sobre el césped de las florecitas que tanto le gustaba. Y reservar un poquito aún para mezclarlas con la tierra de uno de mis troncos de Brasil y consolarme pensando que, de algún modo, sigue aquí conmigo.

Y es cierto que aún tengo a Brow. Y a Salvú. Y a Livia, aunque sea con un ojo menos. Pero a Susi no hay día que no la recuerde. Que no la eche de menos. Con su cresta punk y sus ojos nublados. Con su rabito y sus ronquidos de marinero borracho. Y el vacío que ha dejado, tan desproporcionado para alguien que abultaba poco más que un hámster, sigue ahí.

Y diciembre ya nunca será lo mismo.

 

 

 

counter for wordpress

A ratos agosto se me hace tan largo que pienso en pintarme las uñas sólo para ver lo que el tiempo hace con el esmalte. Y dejarlas crecer mientras la capa de color se desplaza, cada vez menos uniforme, hacia el borde. Luego recuerdo que soy de las que se las muerden. De las que siempre lo han hecho en realidad. Y acabo matando el tiempo en otros sitios. Como en las salas de urgencia.

Martes, finales de agosto.

10.30h. Mierda. Probablemente la última palabra que quieres escuchar de la cirujana que está extirpándote ese tumorcillo que no es nada y que te ha salido bajo la lengua.

11.30h. ‘…que no tiene porqué pasar. Te lo comento porque tengo obligación de decírtelo. Pero vamos, que todo ha ido muy bien. Casi no has sangrado y…’

13.30h. ‘Y qué le pasa?’ / ‘La operaron hace unas horas, aquí traigo el informe. Nos dijeron que era normal que se le hinchara un poco, pero es que no puede ni hablar, ni tragar…‘.

15.30. ‘Perdone, pero llevamos 2 horas esperando y mi mujer no para de echar sangre por la boca y se está mareando…‘.

15.45. ‘No quiero que te asustes, vale? Se te ha formado un hematoma en el suelo de la boca. Eso es lo que está empujando la lengua hacia arriba y por eso no puedes hablar. Lo que me preocupa es que si el hematoma no baja se te cierre la vía y no puedas respirar. Entonces tendríamos que considerar la anestesia general, intubarte y drenarte. Te han operado alguna vez? Tienes alguna enfermedad?…’

Mientras los médicos toman nota de lo que Nacho les dice, intento pensar. Empiezo por las pulseras. Una a una voy guardándolas en uno de mis bolsillos, comenzando por la más valiosa, mi pulsera verde que atrae a las mariposas. La experiencia, para bien o para mal, es un grado… Una vez que todas están a salvo, rompo a llorar. Y durante unos minutos dejo que sean otros lo que se hagan cargo de todo.

15.50. ‘Vamos a dejarte ingresada en urgencias y ya vamos viendo cómo evoluciona…’

La sala de observación de trauma resulta ser muy parecida a la de la UCI, salvo que aquí se me permite llevar una ridícula bata atada a la espalda e incluso dejarme las bragas debajo. Mis bragas de margaritas, que hoy estreno y que ya siempre serán las del día en que casi me ahogo con mi propia lengua.

La anestesista pasa sólo para hablar. Por si acaso, dice. La vía en el brazo, el pulsómetro en el dedo, los cables pegados a mi pecho y el tensiómetro listo para volver a hincharse a cada rato, no me dejan demasiado margen, pero saco el cuadernito y respondo a todas sus preguntas. Por si acaso también.

Pasan más médicos. Tantos que pierdo la cuenta. Todos me piden que abra la boca y alguno hace fotos. Comentan lo de mi tensión. Que con 228/116 podría montar una central eléctrica si quisiera. Al parecer es lo que más les preocupa. Que no pueda ni tragar saliva pasa a ser secundario.

Intento no llorar. No sólo porque no sirve de nada. Ni porque odio llorar en público, hasta cuando se trata de un público pequeño y poco involucrado. Lo intento por si lo de la tensión acaba siendo emocional, como aventura alguno de los internistas. Pero cuesta. Estoy asustada. Y sola. No entiendo por qué no dejan pasar a Nacho, cuando la mujer de la cama de al lado tiene a su hija, una enfermera fea y desagradable, pegada a la cama, hablando por el móvil. Y acabo llorando todo el suero que me entra directamente por la vena. Luego me doy 10 minutos y me siento echada hacia delante, espalda al aire, a esperar hasta que las visitas, las normales, pueden entrar. Y allí están: mi niña, que ya no lo es tanto, y mis dos chicos. Les toco, les cojo de la mano, les miro, les escribo ‘os quiero’ en mi cuadernito. Mi cuadernito de publicidad del libro ‘La absurda idea de no volver a verte’. Jajaja.

Cuando la hora de visita acaba, vuelve el silencio. Poco después cae la noche. Lo sé porque estoy en un semisótano y mi cama tiene una ventana a la espalda. Y mientras fuera oscurece y las luces de las farolas se encienden, visualizo otro martes. Y veo la callecita del Naima. Y el paso de cebra que cruzo para hartarme de pizza del Buoni. Y al Escocés al piano, ahora que no canta para mí. Y la barra donde pido cosas raras sólo para ver si las tienen. Y los chupitos de limoncello con que brindamos al final de cada concierto. Y a mí misma con vestido corto, porque hace tiempo que empezaron a importarme un carajo las bromitas sobre lo blanca que estoy.

Y pienso en los dos episodios de Breaking Bad, los últimos de la serie, que dejé aparcados la noche anterior porque así soy yo. Idiota. Y en el libro de Camilleri. Y en otras cosas que he dejado cerradas. Y también en las que no.

Y llega esa hora extraña en que te despiertan para ofrecerte yogur o zumo. But not for me, que diría la canción. Yo no puedo ni beber agua. En parte porque soy incapaz y en parte por si me operan. Dieta absoluta la llaman. Y desde mi rincón, el box 18, observo el ir y venir de batas blancas, verdes y azules. Fantasmas que pasan entre las camas sin hacer ruido. Ojos que ven pero no miran, inmunizados a los llantos y a las soledades ajenas. Como la de la mujer de la veintitantos, una anciana con Alzheimer que acaban de traer de una residencia y que no deja de gritar. ‘Niña’, dice. ‘Niño’. Pero cuando algún enfermero se acerca, calla. Y cuando se aleja, sigue. ‘Niña’. ‘Niño’. Hasta que llega un momento en que dejas de oírla.

23h. Mi médico, el que me atendió en urgencias, pasa a verme. ‘Eso te lo has pintado tú ahora o es un tatuaje? Te lo has pintado, no?’. Le digo que no con la cabeza. No puedo hablar ni sonreír. Lo de no hablar, mira, pero no sonreír… qué cosa tan jodidamente chunga es… Sonríe, él que puede. ‘Qué original’. Y me aprieta la mano antes de irse. Y aunque nadie pueda verlo, sonrío.

Y más medicación por vía. Y más anotaciones sobre mi tensión que nadie me devuelve. Y duérmete, anda, me dice uno de los enfermeros. Y cómo me duermo. Si me da miedo ahogarme. Cómo. Si yo no sé dormir sola. Si necesito un brazo por la cintura. O un perro a los pies. Algo. Y con la luz rojita del aparato que tengo conectado al dedo, abro el cuaderno y escribo. Escribo y tacho y lloro.

Y aunque nada de esto sea nuevo, en cierto modo lo es. Son tantas las cosas que quería hacer a partir de septiembre. Cosas pequeñas. Pero tantas. Y ha sido un verano bonito este. Para ser verano. Un verano de millones de pelis con Paula. Y no de Disney, de esas raras que me gustan a mí. Y de bocatas de tortilla y estrellas fugaces en el patio de la Diputación. Y de volver a casa sin prisa, cogiendo por arriba del puente de los bomberos, con sus farolas amarillas y sus árboles a los lados. Hasta cuando no podía con mi alma.

brow - ya tengo perroY me repito hasta creérmelo que son cosas que pasan. Si lo sabré yo. Que pasan. Y que saldré de ésta, porque al final siempre salgo. Y el martes que viene estaré otra vez en el Naima. Y comeré pizza de patata y de gorgonzola y caprese. Y disfrutaré con cada bocado, soy así de básica. Y brindaré con chupitos. Y llegaré a casa contenta y con hambre. Y me quitaré la ropa y me lavaré la cara y despertaré a Nacho. Por ese orden. Y un rato más tarde estaré dormida con un perro a los pies y un brazo sobre la cintura. Y mis pulseras volverán a sonar alrededor de mi brazo izquierdo.

.

Martes, primeros de septiembre.

Y a través del ventanal escucho a Paula reír en el patio. Y el cielo, tan gris esta mañana, se cuela entre mis cortinas. Y a lo lejos, truenos. Sólo la lluvia podría mejorar esto.

Pero dos días atrincherada en mi cama no son suficientes. Necesito más tiempo en este cuarto sin un solo cuadro, ni una mala foto. Sin bombilla siquiera colgando del techo. Sólo me apetece estar. Aquí. Tirada. Rodeada de mis bichos. Y pensar sin prisa. Y comer con ansia. Y oler a sueño. Y a veces despertarme llorando. Y otras, si tengo suerte, recordando atardeceres raros que nunca existieron con personas a las que una vez quise muchísimo. Y no arrepentirme de nada. Y aprender a gustarme sin tener que mirarme en otros ojos. Y no salvarme.

Fuera comienza a llover.

counter for wordpress

Iktsuarpok es una palabra de origen inuit que refleja la sensación de anticipación que te empuja a salir fuera y ver si viene alguien y que probablemente indica impaciencia (fuente ésta)

Vale. Nada de “probablemente”.

Indica impaciencia.

Comprobado.

(…)

Al final no fui capaz de esperar en casa a que me dieras un toque para bajar.

Por no poder, ni siquiera pude quedarme a resguardo del viento en mi portal.

Y como cabía esperar tampoco pude aguantarme el abrazo. Se siente.

Aunque bueno, bien pensado…

No. No se siente. Qué coño.

Muchísimas gracias por el coca-cola 😉

 

Página siguiente »