Malas temporadas


“A nuestra edad sabemos que nada es para siempre. Nos enamoramos pero sabemos que no será para siempre. Por eso nos arriesgamos, por eso nos entregamos hasta quedar vacíos”

(Alejandra Pizarnik).

6.45 h. Te despiertas desubicada, coges el móvil para comprobar cuánto queda hasta que suene la alarma y, sin querer, abres la cámara frontal, que no entiende de horas ni de autoestima y te devuelve la cara que tienes en este momento. Los párpados hinchados, el cuello flácido desde aquella vez que se te llenó de sangre y casi te ahogas, las comisuras de los labios caídas. Por suerte, sin enfocar, los detalles se difuminan y, si no te fijas demasiado, parece que tienes las dos cejas iguales y que no les haría falta un repaso. Cierras la cámara y echas mano de las gafas para leer las notificaciones que se han acumulado durante la noche. Un día más ninguna es la que esperas. Y no has puesto aún un pie fuera de la cama y ya tienes ganas de llorar de nuevo. En vez de eso, haces tripas de corazón y te pones en marcha…

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Salgo de casa y echo a andar hacia la derecha, junto al carril bici, hasta llegar al semáforo. Ya no hace frío como para llevar chaquetón y el aire fresco de la mañana termina de despertarme antes de que el muñequito verde me invite a cruzar. Mientras espero, busco alguna coplilla en mi móvil y trato de convencerme de que estoy mejor que ayer, aunque lo cierto es que aún me cuesta no abrir el wasap esperando encontrar un buenos días, preciosa. O peor aún, abrirlo esperando no encontrarlo.

¿Qué hay que hacer? 

Ya en la acera de enfrente paso junto a la fábrica de artillería, dejando a mi izquierda los naranjos que hasta hace dos días estaban cargados de naranjas amargas y que hoy se ven desnudos, rodeados de fruta caída.

¿Qué hay que hacer ahora que todo está hablado?

Alcanzo la esquina que me separa del edificio del bar de Solas, protegido ahora por una malla negra de obra de la que cuelga un letrero que sugiere a los peatones continuar por la acera de enfrente. Como cada mañana, hago caso omiso y ralentizo el paso hasta detenerme frente al pequeño parterre de rosales blancos que se alinean a lo largo de toda la fachada y que parecen haber estallado durante la noche. E imagino, mientras me acerco a olerlas, a todo un ejército de naipes pintando de rojo las cientos de rosas blancas que tengo ante mí.

Y como salido de la nada, me atraviesa el recuerdo del rosal rojo que planté cuando aún vivía en aquella casa perfecta, con patio encalado y luz a raudales. Antes del lupus. Antes de A. Porque hay una vida antes del lupus y una después. Como hay una vida antes y otra después de A.

Es pronto para la amnesia y tarde para irnos intactos

Y mientras trato de evaluar cuántas vidas habré vivido desde aquel rosal, y si acabará habiendo un antes y un después de ti, fijo la mirada en la pared que hay tras esta barricada de rosas. En el ladrillo, expuesto a trozos allí donde no llegó el cemento, o donde la pintura se ha acabado agrietando y cayendo. En la ventana, cerrada a cal y canto gracias a  la contraventana verde y a la vieja reja de apenas 4 barrotes verticales, otro horizontal y 3 más añadidos a posteriori que dibujan 20 espacios desiguales.  Y junto a ella, como si hubiera conseguido escapar a tiempo, en la figura negra del ave con alas extendidas que parece que acabe de echar a volar en dirección al cielo, aunque no deje de estar atrapada en esa pared que cualquier mañana amanecerá enfoscada por completo y pintada de blanco. O de albero. O de vete tú a saber qué color.

Lo intenté, lo intenté. Hoy tu recuerdo es un pájaro…

Y sé que, cuando ese día llegue, me moriré de pena. Y dará comienzo una vida en la que pase junto a los rosales y busque al pájaro que consiguió escapar de la ventana sin encontrarlo. La vida después de.

… que bate sus alas detrás de mí y silba y enreda mis pasos

Y acabaré por acostumbrarme, eso también lo sé. Como acabaré por acostumbrarme a tu ausencia al otro lado del teléfono los lunes por la noche, o a no buscarte con cualquier excusa, ni a guardar chorradas sólo para mandártelas. Mañana será más fácil, me digo mientras cuento los días que hace que no sé de ti. Los mismos que llevo echándote de menos y convenciéndome a mí misma de que tú a mí no y bebiéndome hasta el agua de los charcos cada vez que salgo y subiendo fotillos donde parezca que estoy de puta madre y mordiéndome la lengua para no mandarte otro audio diciéndote cómo me siento y que vuelvas a clavarme un visto.

Mañana será más fácil, me digo.

Y echo a andar sin despedirme del pájaro. Como si tuviera alguna certeza de que seguirá estando ahí mañana.

‘Y si te llevo por un camino equivocado, es porque tú así me lo has pedido desde el principio’ 

(Armenia, Henrik Nordbrandt)

 

A orillas del Mersey el amanecer es blanco y negro. Apoyados en el malecón observamos en silencio cómo la marea baja deja al descubierto enormes planchas de piedra cubiertas de algas muertas y de gaviotas en busca de pequeños moluscos enredados en ellas.

Luego echamos a andar sin prisa ni rumbo fijo, guiados por los bolardos que delimitan la zona de paseo invitando, con sus advertencias, a mirar hacia abajo.

Cuidado: aguas profundas y caídas a gran altura. No pasar de este punto. 

Pero mi vista se pierde un poco antes, en los cientos de candados atrapados a lo largo de las tres hileras de pesados eslabones de hierro que los unen. Promesas de amor eterno, ofrendas de fidelidad, recuerdos oxidados de lo que algún día debió ser hermoso y puro.

Cuántas de ellas se habrán cumplido. Cuántos de los corazones atracados en aquel muelle habrán sobrevivido al salitre que flota en el aire, a la lluvia cayendo como agujas, a los excrementos de gaviota que todo lo corroen.

Y vuelvo a fijarme en la señal de peligro.

Cuidado: aguas profundas y caídas a gran altura.

No

            pasar

                                 de

                                                  este

                                                                     punto. 

¡A buenas horas!, me sermoneo a mí misma. Como si la culpa fuera mía por no haber sabido leer tus señales. Por haberme dejado llevar por el camino equivocado.

Me detengo, saco mi móvil y tiro un puñado de fotos grises que me recuerden que una vez más, una más, he cogido un avión para que me rompas el corazón en una cama. 

Y mientras te observo caminar sin prisa ni rumbo fijo, dejándonos al mar y a mí a tus espaldas, como siempre haces, siento la imperiosa necesidad de estar sola.

O quizá simplemente de alejarme de ti

de una vez por todas.

Como el vagabundo que tiene su banco en el parque, tuve yo mi sitio en tu cama.

Estoy en mi habitación de adolescente, que no es exactamente como solía ser pero sigue teniendo una cama nido, una pared enmoquetada y la salita enfrente. Al otro lado de la ventana ya es primavera y la acacia, cubierta de hojas nuevas y de pequeñas flores blancas, se deja mecer por el viento de levante.

Mi madre está sentada en mi cama, a mi derecha. A su derecha hay un montón de pollitos amarillos del tamaño de una cría de gorrión de pocos días. Uno a uno, los va cogiendo y, mientras habla conmigo, les va arrancando las alas, tiernas aún, con sus propias manos. En un momento dado me dice que tiene que ir a hacer algo a la cocina, que siga yo. Y deja junto a mí una especie de cortauñas por si veo que no tengo fuerza para cortarles las alas a mano. Intento protestar pero por alguna razón las palabras no terminan de salir de mi boca.

A solas ya con los pollitos, voy reuniendo uno a uno a todos los que aún conservan sus alas. Les acaricio las plumas. Les susurro cosas al oído. Uno de ellos, especialmente pequeño, está tumbado de lado y respira con dificultad. El pico entreabierto, los ojos entrecerrados, las patas casi rígidas. Estoy convencida de que va a morir. Si lo haces, pienso mientras lo sujeto entre mis manos, serás el más afortunado de todos. Sin embargo, cuando lo pongo en pie revive milagrosamente y comienza a piar junto a sus hermanos.

En cuestión de segundos los polluelos han crecido lo suficiente como para agitar sus pequeñas alas. Algunos empiezan a lanzarse, suicidas, desde el borde de la cama. Me agacho para recogerlos con cuidado para no pisarlos. Un par de ellos aterrizan en mi pelo, enredándose en él como en una red. De repente me doy cuenta de que uno de mis gatos se ha colado en la habitación y, antes de que pueda hacer nada por evitarlo, oigo lo que deben ser los huesecillos de uno de los polluelos crujir en su boca. Desesperada, intento echar a mi gato y salvar a los que quedan, que ahora son negros como sombras y vuelan por la habitación en círculos, enganchándose en la moqueta de la pared o chocándose contra la ventana en un vano intento por alcanzar el árbol que hay al otro lado.

Cuando mi madre entra de nuevo, me mira entre decepcionada y divertida. Le explico que no he podido hacerlo, que soy incapaz de cortarles las alas. Ya veo, me dice. Y tras atrapar al vuelo a uno de los polluelos negros, se sienta de nuevo a mi derecha, con el cortauñas en una mano y la cría de vencejo en la otra.

Llorando, sin querer mirar pero sin poder apartar la vista, le ruego que no lo haga. Yo puedo cuidarlo, le digo. Yo puedo… Mi madre sonríe y extiende el ala negra sin dejar de mirarme. No has entendido nada, dice. Lo siguiente que oigo es el crujido de unos huesos que se quiebran bajo el filo del cortauñas.

Despierto bañaba en sudor.

Abro un filo de la ventana, cierro los ojos y cojo todo el aire que puedo de una sola vez, como si acabara de alcanzar la superficie tras haber buceado demasiado profundo.

Fuera los chillidos de los vencejos me recuerdan que, pese a todo, aún conservo mis alas.

Hasta que vuelvan los vencejos, es el plazo que me doy a mí misma.

A buen recaudo guardaré todo lo que quiero llevarme. Las pelis malas y las coplillas ñoñas; las fotos de cada lugar en el que te acordaste de mí; tus besos al cerrar la puerta; mis dedos enmarañándote el pelo mientras conduces; todos y cada uno de los amaneceres en que desperté a tu lado, incluso aquel en el que me hice la dormida sólo para no tener que decirte adiós.

El resto ahí lo dejo. Quién sabe… de lugares más extraños he visto brotar margaritas.

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Te noto triste, dice ella. No lo estoy, respondo.

No es tristeza. De la tristeza brotan flores.

Pues yo creo que no comes bien, sentencia mi madre, esa mujer de 70 años que cena patatas fritas rociadas con crema de queso, marca President, mortadela y picos, regado todo con Coca-Cola Zero. Esa mujer de 70 años que no se mide el azúcar a pesar de ser diabética y se pincha la insulina a ojo. Y luego lo mismo se mete cuatro ciruelas entre pecho y espalda, que se clava un helado. Esa madre en cuya casa jamás probé ningún tipo de verdura cruda o cocinada -salvo que fuera en forma de salsa e indistinguible a la vista y al paladar- durante 24 años, porque si lo que quería la niña era la yema del huevo frito con patatas, pizza y pasta, con obligarla a comer carne en salsa, pollo a la plancha y pescado rebozado, listo. Esa madre en cuya casa no recuerdo haber bebido agua nunca, porque habiendo Coca-Cola, pa’qué. Esa mujer. Esa madre.

Y a continuación me habla de unos padres veganos a los que les han retirado la custodia de sus hijos porque estaban malnutridos. ¿Y eso dónde ha sido?, pregunto. No sabe. ¿Y cuántos menores malnutridos, obesos por ejemplo, o que se alimentan a base de bollería industrial y zumos de bote hay, que no salen en las noticias porque sus padres no son veganos y no vende, eso lo sabes?, insisto. No, me dice, pero le preocupa Paula. Le preocupa que no coma comida normal. Le explico, o lo intento, que eso que ella llama “comida normal” no existe. Que comer, como casi cualquier elección que hacemos en esta vida cuando nos dejan, es un acto político. Que, en cualquier caso, que desde pequeños nos acostumbremos a comer carne híperprocesada de cerdo en forma de salchicha, en lugar de hamburguesas hechas con legumbres, verdura y cereales, por ejemplo, es cultural. Cultural, no normal. Y que no hace falta que se preocupe por Paula, que, le aseguro, come infinitamente mejor que ella. Que ella y que cualquier niñx de su clase, me atrevería a decir. Y que yo misma a su edad, eso por descontado. Que, además, yo no le prohíbo que coma carne o pescado, simplemente yo, que soy la que cocina en nuestra familia, no uso ingredientes de origen animal. Cuando salimos, por ejemplo, si quiere carne, la pide. Cuando va a su casa, por ejemplo también, come toda la mierda que quiere y más. De mierda nada, salta. ¿Y el fiambre con el que cubres la mesa qué es?, pregunto. Mierda, le aclaro. Carne hormonada y llena de antibióticos y luego procesada con sabe dios qué. Pero que no nos desviemos, insisto, y que me diga, ya por curiosidad, qué le falta a mi dieta y a la de mi hija. Porque a mí, si hay alguien que me importa en el mundo y si hay alguien que me preocupa que esté sana, es ella, Paula. Y que insinúe siquiera que pueda estar malnutrida, pues me jode, qué quiere que le diga. Y ahí se enroca. Mira, que no voy a discutir contigo, me responde, pero sigo pensando que eso no puede ser bueno porque hay que comer de todo.

Llegado a ese punto preferí colgar. En parte porque discutir con mi madre sobre veganismo es como discutir sobre feminismo con alguien que empieza por aclararte que él no es machista pero. Y en parte porque sé perfectamente de qué polvos vienen estos lodos.

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¿Y tú qué vas a comer? porque yo no voy a hacerte nada de eso que tú comes, se apresuró a aclarar mi madre cuando le conté, dos semanas atrás, que Nacho y yo habíamos decidido ir allí a pasar unos días junto con Paula y su amiga C.  No contaba yo con ello y tampoco quería, dicho sea de paso, que mi madre cocinara para mí. Y es que, cada una en su cocina, y no hablo ya de ética ni de ingredientes, sino del modo de movernos en ella, hemos resultado ser, también, la noche y el día. Así que calculé cuántas comidas y cenas iba a pasar fuera de casa y llené una neverita con tupers de platos hechos por mí – quinoa con verduras, albóndigas con salsa de tomate, ragú de seitán- más un paquete de medallones de soja texturizada y otro de edamame congelado. Porsiaca. Y pa’llá que me fui, cantando bajito.

Y después de tanto tiempo sin pisarlo, con Cádiz me pasó como con ese amigo que hace años que no ves y de repente lo tienes delante y te das cuenta de que no quieres preguntarle nada, sólo abrazarlo con todo tu cuerpo. Y a pesar de que no había empezado siendo la mejor semana de mi vida, ir con Nacho, compartir la cama de 1.05 de mi hermano, rodeados de fotos de su mujer – que aquello no tiene, palabrita, nada que envidiarle a la habitación de un stalker y asesino en serie de esos que salen en Mentes Criminales- y, sobre todo, poder bajar con él a la playa en la que pasé mi adolescencia paveando y tachar por fin el último de los I’ve never de mi lista, yeah!, (algunx sabrá de qué hablo), hizo que aquellos 5 días y 4 noches en casa de mis padres fueran, de lejos, los mejores que he pasado allí desde que ahuecara el ala allá por el 96.

no pollo

*no pollo con patatas*

Y llegó el viernes. Y mis padres, a petición expresa mía, invitaron a cenar a mis tías adoptadas, a las que no veía desde el pleistoceno. Y allí estábamos todxs, sentadxs alrededor de aquella mesa ovalada con mantel de tela, cubiertos buenos y vasos para vino y para agua. En un extremo, con montones de platos de fiambres ibéricos, carne en salsa, pescaíto frito y mejillones empanados, porque hay que comer de todo, mi madre. En el otro, con mi tuper de albóndigas (cuya receta saqué, como tantas cosas, del blog de Olga) hechas a base de lentejas beluga y arroz integral, con salsa de tomate, un platillo de filetes de no pollo con patatas fritas cortadas a mandolina y otro de croquetas de patata y quinoa que había improvisado el día antes y que habían resultado estar orgásmicas, yo. Lo que mi madre no vio venir fue que a mis tías, abiertamente carnívoras y super fans de su saludable y variada cocina, fueran a gustarles mis platos. A gustarles tanto como para repetir. Tanto como para mojar pan en la salsa. Tanto como para animarme en mi loca idea de, tal vez, intentar dedicarme a ello de manera profesional. Idea, por supuesto, que ella se encargó de echar por tierra, como todo lo que ha sido importante para mí a lo largo de mi vida, asegurando que no iba a funcionar. No puedo decir que me sorprendiera. Como no me sorprendió que se negara en redondo a probar ninguno de mis platos, por más que mis tías insistieran en que lo hiciera. O que se pasara la cena sin dirigirme la palabra.

orgasmo vegano en forma de croqueta

*orgasmo vegano en forma de croqueta*

Y aunque en otra época habría disfrutado con todo aquello, esta vez sólo me dio lástima. Porque por más que mi madre se lo tomara así, para mí no se trataba de ninguna competición, sino de activismo. Que comprobaran por sí mismxs que se puede comer de todo -y por de todo entiendo yo proteínas, hidratos y grasas saludables en las proporciones adecuadas- sin necesidad de maltratar a ningún animal y sin que se trate de algo insípido, aburrido o especialmente complicado de hacer.  Que entiendan que ser veganx no es una promesa a la virgen ni una dieta para adelgazar, sino una filosofía de vida. Y si no lo quieren entender, como al parecer le pasa a mi madre, al menos que lo respeten. Que tampoco creo yo que sea tanto pedir.

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crackers con camembert y alcaparras

*crackers saladas con camembert vegano y alcaparras en salmuera*

Y esta mañana amanecerá siendo septiembre. Y en mi cocina hará cada vez menos calor y yo aprovecharé para darle caña a todos esos libros y trastos que me he comprado. Para seguir incursionando en el entretenido mundo de las leches vegetales y los quesos veganos. Para estudiar nuevos modos de utilizar la soja texturizada y el tempeh. Para llenar el congelador de tupers y que Nacho no tenga que comer en el curro flamenquines y pasta con tomate de bote un día sí y otro también. Para que Paula coma cada vez mejor, por más que eso tenga a mi madre en un sinvivir. Para animar al Escocés, que de momento ha vuelto a tontear con el vegetarianismo, a que dé un pasito más, si quiere…

Y mientras observo cómo en mi encimera germinan las semillas de kamut con las que haré rejuvelac, me da por fantasear con un restaurante chiquitito en el centro, en el que entrarían fundamentalmente guiris y perroflautas. Y qué nombre le pondría, me digo. Y me viene a la cabeza aquel trozo de tela con letras blancas y azules bordadas por mí, que rezaba ‘KISS THE COOK’ y que presidía nuestra cocina de Gelves. Qué me gustaba a mí aquella cocina, con su despensa llena de mierdas vegetarianas, su ventana (la favorita de nuestros gatos) a la calle, y su mesa-libro, blanca de patas negras, en la que nos encantaba tantísimo tomar el té y jugar a las cartas y charlar sobre las cosas verdaderamente importantes. Porque un hogar es una cocina en la que te puedas sentar a tomar el té y a charlar mientras tus gatos miran tranquilamente por la ventana.

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*Trufas de dátiles, avellanas y cacao, cubiertas de chocolate al aroma de coco*

Luego vuelvo al presente, a mi cocina sin mesa, sin ventana a la calle y sin gatos, porque desde que Brow dejó a Livia tuerta mi casa es como la Alemania del muro. Y el muro es la puerta del pasillo. Y mis gatos viven del pasillo pa’dentro y Brow del pasillo pa’fuera. A mi cocina sin ‘KISS THE COOK’, pero con la ‘Defensa de la alegría’ de Benedetti copiada a pluma por Mariajo, eso sí. A mi cocina con su frigo cubierto de fotos, de imanes de viajes propios y ajenos y de pegatinas con mensajes antiespecistas. Y, cuando lo abres, lleno de leches vegetales y miso blanco y oscuro y verdura comprada en la frutería del barrio. A mi cocina con sus baldas llenas de especias, de cereales, de legumbres compradas a granel. Con sus trastos, la mayoría comprados a medias con el Escocés, cuando no son regalos suyos directamente, a pesar de estar separados. Y me doy cuenta de que todas esas cosas no han llegado aquí en un día. Que cada una tiene su historia, como la tuvo aquel trozo de tela enmarcada en su momento. Como la tiene el elegir no comer de todo. Y que eso también es hogar.

–  I’m stuck. Does it get easier?

– No.

 

Martes. 6.30. Apago el despertador, voy a la cocina y, sin abrir del todo los ojos, enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón acaricio a Brow mientras me tomo el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Ya con algo de cafeína en el cuerpo preparo los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Café con tres de azúcar y leche sin lactosa para Paula. No apago la cafetera por si Chema quiere uno cuando llegue. Solo, sin leche ni azúcar. Luego guardo la comida de Nacho en la bolsa verde: el tuper grande con la quinoa con verduritas que saqué del congelador la noche anterior , el tuper pequeño con los picos, las dos piezas de fruta y los cubiertos. Sólo entonces me voy a la ducha, pasando por el cuarto de Paula para verla dormir antes de que se despierte. Me enjabono con el gel de té verde, no con el de sales -ése lo reservo para las mañanas en que no tengo nada que hacer y me quedo en casa chumineando- y una vez seca me doy la protección solar 50 para que la piel me la vaya absorbiendo.

Nacho es el primero en irse. Diez minutos después lo harán Chema y Paula. Yo seré la última. Y lo haré dejando solos a un perro del pasillo pa’fuera y a dos gatos, una tuerta y otro gordo y asmático, del pasillo pa’dentro.

8.10. Me enchufo los cascos y echo a andar bajo los árboles del paraíso, por aceras llenas de frutos redondos y arrugados como diminutas manzanas asadas. A mi izquierda, al llegar al final del puente de los bomberos, saludo al hombre que vende Kleenex y rosarios. A mi derecha dejo atrás la pequeña tienda de comida para llevar en la que no he entrado nunca a pesar de pararme siempre ante el escaparate. En mis oídos suena Stars, de Simply Red. So many words are left unspoken, the silent voices are driving me crazy. Y aunque me hace mierda oírla, vuelvo a ponerla en cuanto acaba. As for all the pain you caused me, making up could never be your intention. Y una vez más. You’ll never know how much you hurt me… La última, me prometo, sentada en el banco de piedra de la parada del 21 con mi bolsa verde sobre las piernas.

8.30. Mi segundo café del día me lo tomo en un bar en cuyas paredes hay mares y desiertos y rostros de mujeres sonrientes con pañuelos cubriéndoles el cabello. ¿La entera con tomate? pregunta la chica que trae mi tostada, al chico que hay detrás de la barra. Para la muchacha, responde él señalándome con la barbilla. La muchacha, repito para mí. Y sonrío.

20160607_0909178.55. La persiana metálica del restaurante está cerrada cuando llego, 5 minutos antes de mi hora. Y aunque el sol no pica tanto como para despertar a mi lobo, cruzo la calle. Y mientras hago tiempo, espalda contra la pared y bolso al hombro, observando a dos gorriones que dibujan arabescos en el aire mientras persiguen a una libélula, el sol, oculto tras una farola, me observa a mí.

Miércoles. 6.45. Apago el despertador y, sin abrir del todo los ojos, voy a la cocina y enciendo la cafetera. Sentada en una de las sillas del salón me tomo a solas el que será mi primer café del día. Solo, una y media de azúcar. Luego me pongo a preparar los desayunos de los demás: cereales con leche de avena y café con leche de soja y dos de azúcar para Nacho. Zumo de plátano, manzana, pera y naranja para Paula. Hago un poco de más por si Chema quiere un vaso cuando llegue. Hoy no meto nada en la bolsa verde. En un rato Nacho estará cogiendo un avión y aprovechará su viaje para comer sabe Thor qué mierdas. Pero eso será en un rato.

7.15. ¿Estás bien?, pregunta sujetando mi cara entre sus manos. ,  miento sin pestañear siquiera. Y sonrío como si haber tenido que renunciar a un trabajo que me encantaba y se me daba genial no fuera importante. Como si no llevara desde ayer aguantándome para no llorar. ¿Sabes lo que más me ha jodido de todo?, exploto, que cuando llamé a mis padres para contárselo, los dos me recordaron lo dura que es la hostelería y que yo estoy enferma. “Bueno, ahora te quedas en casa y cocinas para tu niña”, remató mi madre. Me dio la sensación de que de algún modo les aliviaba que no pudiera aceptarlo. Y que, de algún modo también, no habían oído una palabra de la parte en la que les explicaba que si no me quedaba era porque parte del trabajo implicaba servir a mesas que estaban fuera y llevar comida a las oficinas de los alrededores que las encargasen, no porque no me hubieran ofrecido el puesto. Nacho me mira con una mezcla de pena y rabia. Tus padres siempre animando, responde justo antes de abrazarme. Lo siento tanto, amor… añade al oído.

8.40. Cuando todos se han ido enciendo un fuego y pongo a cocer los garbanzos que dejé anoche en remojo para hacer hummus. En otro caliento agua para escaldar los tomates y preparar gazpacho. Tengo la nevera a reventar de comida -tofu ahumado con verduritas, garbanzos con espinacas, lentejas- pero aunque no tengo nada de hambre, el cuerpo me pide cocinar.

Mañana será otro día, me digo. Pero hoy sigue siendo ayer. El martes en que el sol parecía estar contenido en una farola.

12.05. Me meto en la ducha. Abro el gel de sales.

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